La historia de un clásico

Cinco chavales descarriados destrozan la antigua casa del astro del cine Cecil B. DeMille, se ponen hasta arriba de caballo y llaman marica a Paul Stanley, de Kiss. Y así se convirtieron en las últimas grandes estrellas del rock.

Una sirena de policía suena a los pocos segundos de arrancar el disco Appetite for destruction (editado en julio de 1987). Y cuando quedan minutos para terminar el álbum se escuchan los gemidos desatados de una chica follando, los de la novia del batería de Guns N’ Roses de entonces, Steven Adler. Pero a eso llegaremos más adelante… Entre medias se suceden 12 canciones con violencia, sexo, drogas y, envolviéndolo todo, una mezcla de heavy, punk y rock clásico. Pocos discos reflejan tan bien el momento y el lugar en el que fue gestado, y las vivencias de sus creadores: los años 80 pasaban su ecuador cuando unos chavales apenas en la veintena se buscaron y encontraron en Los Ángeles para vivir aquello de sexo, drogas y rock and roll elevado al cubo, contarlo en sus canciones y tratar de triunfar haciéndolo. Lo consiguieron: desde su publicación se han vendido más de 28 millones de ejemplares de Appetite for destruction, durante más de un lustro Guns N’ Roses reinaron en el rock de este planeta y este disco permanece como uno de los debuts más salvajes –por sus canciones y las historias que esconde– del rock.

Pero su estallido también fue el principio del fin: con su éxito masivo surgieron las rupturas, los egos exaltados, los desfases con las drogas y las apariciones en prensa no sólo por temas musicales… Y Guns N’ Roses nunca ha llegado a superar la intensidad de este álbum. O como dijo el propio Axl Rose, vocalista y actual líder de la banda, en una entrevista para ROLLING STONE, en 1999: “Quizás éste acabe siendo el único álbum bueno que hagamos”.

ANTES DE ‘APPETITE FOR DESTRUCTION’
La historia de Axl Rose (William Bruce Roser, 1962, vocalista), Slash (Saul Hudson, 1965, guitarrista solista), Izzy Stradlin (Jeffrey Dean Isbell, 1962, guitarrista rítmico) Duff (Michael Andrew McKagan, 1964, bajista) y Steven Adler (1965, batería) no arrancó de forma muy diferente a la de miles de jóvenes en EE UU, en los hedonistas 80: unos descarriados ponen el punto de mira en Los Ángeles, la gran meca del rock entonces, donde se asientan para hacerse un hueco en este feudo gobernado por Mötley Crüe, Ratt o Poison, al frente de una larga lista de bandas que mezclaban el glam de los 70, el rock de estadio de Led Zeppelin y estribillos de pop pegadizo. Axl e Izzy eran dos emigrados del aburrimiento de Lafayette, Indiana, Duff, un gamberro criado con el punk rock y que había tocado en grupos de culto de este género (como los Fartz o Fastbacks), huía de la heroína que asfixiaba las calles de su ciudad, Seattle; mientras que Slash y Matt eran dos colegas de la infancia (aunque Slash pasó sus primeros años en Inglaterra) que, según Matt, desde los once años supieron lo que querían ser: estrellas del rock. En mayo de 1985 se produjo el encuentro mágico: tras coincidir nuestros protagonistas en bandas previas (Road Crew, Hollywood Rose…), tiene lugar el primer ensayo de la formación clásica de Guns N’ Roses. “Al tocar el primer acorde sentimos que aquella era la banda que habíamos estado buscando”, contó Duff en una entrevista para ROLLING STONE, en 2007. No sólo ellos: en los primeros meses de vida su nombre corrió como la pólvora en los garitos angelinos.

LA INSPIRACIÓN PARA ‘APPETITE’
Pero lo que estos jovenzuelos se encontraron al sumergirse en Los Ángeles poco tenía que ver con las canciones sobre desparrames felices que cantaban los grupos de rock duro llenos de laca que allí triunfaban. Sí, había fiestas, chicas y desfase, pero también prostitutas, heroína (a la que abrazaron varios de los miembros del grupo) y violencia (“Aquí es posible asesinar” dijo Slash en una entrevista de la época). Los cinco vivieron como en una comuna anárquica y pobre estos dos años previos a la publicación de Appetite for destruction. Pasaron por un local de ensayo -en la esquina de Sunset Boulevard con Gardner Street, en Los Ángeles– donde también caían desplomados por sus cuelgues. Se alojaron durante un tiempo en una antigua propiedad del clásico cineasta Cecile B DeMille, y que el grupo se encargó de destrozar. Arnold Stiefel, mánager de la banda entonces, recuerda cómo le citó el casero, indignado por los desperfectos. “Casi me desmayé cuando lo vi. Estaba más allá de lo imaginable y no pude parar de reírme al verlo: habían arrancado los váteres y los habían tirado a través de las ventanas, había restos de caca en los lavabos y, esparcidos, trozos de hamburguesas, con moho y a medio comer”. Entre desfases con drogas, ligues con bailarinas de striptease y sin dinero para apenas comer surgió la inspiración para componer Appetite for destruction. El anhelado contrato para su primer álbum llegó en marzo de 1986.

LA GRABACIÓN: “NO” A PAUL STANLEY
El primer productor elegido para ponerse al mando Appetite for destruction fue Paul Stanley, de Kiss. No hubo química con la entonces desmaquillada estrella: al enseñarle los Guns unas maquetas que tenían grabadas, éste sugirió que añadieran unos coros en la canción Nightrain, para hacerla, según Stanley, más pegadiza. Por este motivo Axl, mosqueado, dejó de hablarle e incluso de mirarle. Slash, por su parte, no fue más benévolo con el pronto destituido productor y esparció rumores sobre la supuesta homosexualidad de éste (¿existe mayor castigo para una estrella mujeriega como el ligón de Kiss?). “Sí, eran despojos drogadictos, pero eran unos despojos con disciplina”, recuerda Mike Clink, el productor finalmente elegido. Algunas fuentes datan el inicio de la grabación en agosto de 1986, otras en enero de 1987.

En Clink se juntaban dos coordenadas claves en el sonido de Appetite for destruction: paciencia y una gran conocimiento de técnicas antiguas de grabación. Lo primero fue necesario para pulir el diamante en bruto que era la banda: de las jornadas de 18 horas de trabajo de Clink muchas fueron para que Axl descubriese que no sólo era bueno gritando y que tenía un registro de voz amplio, y por otro, para pulir los solos de Slash y encajarlos con las pegadizas melodías de la voz. Lo segundo lo utilizó para aplicar técnicas ya entonces arcaicas: Clink cortaba con una cuchilla las mejores tomas de las bobinas de grabación y requirió de cinco personas para ajustar, sobre la marcha, las subidas y bajadas de volumen al mezclar. El resultado del trabajo fue un sonido crudo a la vez que pulido, que sirvió de puente entre el rock domesticado de los 80 y el incipiente, y sucio, grunge que se haría con el mercado pocos años después. El presupuesto de grabación fue el equivalente a 276.000 euros.

LAS CANCIONES: HEROÍNA Y VINO BARATO
“Estábamos en el sótano de casa de mi madre, cogí mi guitarra y le dije a Axl: ‘Mira lo que he sacado’. Y le moló”, cuenta Slash sobre Welcome to the jungle, la canción que abre Appetite for destruction. Después, con la ayuda de Izzy y Duff finiquitaron uno de los arranques más potentes y  reconocibles en la historia del rock. A partir de ahí, las influencias del heavy, el punk y el rock clásico se entrelazan en historias tan crudas -muchas eran experiencias vividas- como la música que las envuelve. Nightrain era el vino barato que la banda bebía en sus infinitas juergas; Mr. Brownstone refleja la lucha con la heroína de Izzy (“Está llamando a mi puerta y no me deja en paz”, dice, en inglés, parte de su letra); en Out ta get me Axl narra desgarrado sus problemas con la ley en su Indiana natal; y My Michelle va sobre una novia que tuvo Axl, Michelle Young, que le pidió que escribiera una canción sobre ella tras escuchar Your song, de Elton John, en la radio. Como un diario salvaje.

El único single que la banda ha tenido en el número uno de singles en EE UU hasta hoy, y que es una de las canciones más reconocidas de este álbum, nació de la casualidad. Slash estaba tocando lo que, en sus palabras, “era un ejercicio de guitarra tontorrón”, mientras Izzy le acompañaba con unos acordes. Lo que no sabían era que en la planta de arriba, en la ex casa de Cecile B DeMille, Axl les escuchaba y ponía letra para Sweet child O’Mine. Aunque la historia más morbosa lo esconde el tema que cierra el disco, Roquet queen. Los gemidos que se escuchan en medio de la canción son reales: Axl estaba grabando voces, mientras Adriana, de 19 años, se frotaba con él. Los técnicos no dieron al botón de stop mientras el ambiente subía de tono entre la improvisada pareja.“Venga, Adriana, haz que sea de verdad”. Las palabras de Axl fueron órdenes para la joven: los dos acabaron montándoselo ahí mismo y los gemidos de la joven quedaron inmortalizados para siempre. “Hubiese hecho cualquier cosa por Axl, era mágico”, dice Adriana Smith ahora, ya cuarentona, que entonces quiso vengar las infidelidades de su novio. Nada que no fuese extremadamente extraordinario si éste no hubiese sido Steven Adler, el batería de la banda. La cosa iba de excesos hemos dicho. Appetite for destruction llegó a las tiendas en julio de 1987.

LAS CONSECUENCIAS
Una madrugada de domingo, en diciembre de 1987, fue decisiva para catapultar al estrellato a Appetite for destruction. A las cuatro de la mañana se emitió por primera vez el vídeo musical de Welcome to the jungle, en MTV, cadena musical entonces determinante para el ascenso de un grupo. El fenómeno fue similar a cuando Elvis Presley sonó por primera vez en la radio, en los 50, o la primera aparición de los Beatles, en los 60, en el programa de televisión de Ed Sullivan: las peticiones para que se emitiera de nuevo el vídeo no cesaron y el efecto dominó hizo que los 200.000 ejemplares que se habían vendido hasta entonces se multiplicaron vertiginosamente. Como en tantos aspectos relacionados con esta banda no faltó polémica: la portada original, hecha por el artista Robert Williams, con un robot que acaba de violar a una chica, fue cambiada por una cruz con las cabezas de los miembros de la banda. 23 años después de salir, lo salvaje de sus canciones y sus historias se extiende a las cifras: Appetite for destruction lleva más de 28 millones de ejemplares vendidos a día de hoy.

Publicado por Ivar Muñoz-Rojas en Rolling Stone España

~ por Mike en octubre 22, 2010.

2 comentarios to “La historia de un clásico”

  1. Cuál será la verdad no?, según tengo entendido Paul no quiso saber nada con ellos, si lo de Nightrain es cierto, Paul es un capo…
    Cuando era chico empecé escuchando Guns, cuando me compré el CD de Appetite (una vez que comencé a trabajar varios años después) me dí cuenta que el disco era un embole total, si no fueran por los hits…

  2. Gran disco! Recuerdo cómo me cambió la cabeza esta banda. La nueva ola metálica de EE UU había mutado en un descarado hair-metal y ya me resultaba intolerable.

    Con este disco, los Guns fueron una brisa de aire fresco

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