Boquitas pintadas

El domingo 4 de abril de 1999 el suplemento Radar del diario Página 12 publicó un extenso artículo sobre Kiss, a manera de adelanto del concierto que la banda ofrecería seis días después en el estadio de River como parte de la gira de Psycho Circus.

La nota rubricada por el periodista Santiago Rial Ungaro presenta todos los ingredientes que habitualmente sazonan cualquier cronología de Kiss, incluyendo algunos groseros e imperdonables errores históricos.

Sin embargo, el reportaje presenta un aporte que lo salva de la hoguera de las vanidades. Se trata del testimonio de tres músicos argentinos que a primera vista no tienen nada que ver con la historia de la banda. Interesante.

* Boquitas pintadas *

[ El grupo empezó a principios de los 70 como el capricho de dos chicos en un loft neoyorquino. Pero en menos de dos años se convirtieron en el circo rockero más escandaloso del mundo. En el 79 echaron al baterista por cocainómano y en los 80 se perdieron entre el pelotón de bandas heavy que todos los años nacen en Estados Unidos. Hasta que en el 94 se juntó la formación original y volvieron a pintarse la cara. El 10 de abril en el estadio de River, Kiss va a tocar por segunda vez en la Argentina, después de haber anunciado algo tan demencial como sus mejores épocas: el primer show tridimensional de la historia.

Imagínense, por un momento, la siguiente escena: arriba del escenario, un cuarteto de glam hard rock enfundado en cuero negro, calzados con unos tacos de veinte centímetros, a mediados de la década del setenta. Cada uno de ellos está maquillado como un personaje de ficción: el bajista (Gene Simmons) tiene pintadas las alas de un murciélago en el rostro y se encarga, con su larguísima lengua, de acaparar toda la atención. Su personaje es El Demonio. Lo acompañan un tal Paul Stanley, cantante y guitarrista rítmico quien hace de Niño Estrella y chilla como un poseído. El otro guitarrista, Ace Frehley, hace de El Hombre Espacial y aporta, con sus imaginativos solos de guitarra, una cuota de fantasía musical al grupo. Mientras cantan y se retuercen, los tres realizan, según cada canción, una coreografía distinta, a cuál más burda. Subido a una plataforma de un metro y medio de alto, Peter Criss, pintado como el Hombre Gato, aporrea su batería y completa el cuadro. Imagínense ahora, entre la multitud del auditorio, a un adolescente. Puede ser americano, pero también puede ser canadiense, australiano o japonés. No importa. Tal vez fue a ver a otro grupo como los Stooges o Reo Speedwagon y no a estos teloneros. El hecho es que esta persona está realmente impresionada: está viendo la teatralización de un comic, un recital de unos superhéroes que cantan arengas demagógicas tan potentes como pegadizas. Los aullidos del grupo se unen a los del público para el clásico último tema del show en donde declaman querer «rock and roll toda la noche, y fiesta todo el día». El sueño adolescente hecho realidad. De repente, Simmons deja de tocar el bajo, se adelanta con una antorcha en la mano para realizar un truco que le enseñó el mago Amaze-O. El Demonio hace coincidir el golpe final de la batería del Hombre Gato con su flamígera escupida. Y termina el show. Nuestro adolescente (uno entre miles) ya es fan de Kiss. Y como tal, no tardará en comprarse sus discos, ni en volver a ver sus espectaculares shows vistiendo la remera oficial del grupo. Y, si el fanatismo continúa, ese adolescente no tardará en enrolarse en el fan club de Kiss (inequívocamente llamada la Kiss Army). Probablemente esa afiebrada relación con su grupo se termine en unos años. Pero, mientras dure, va a ser divertido.

Cómo conseguir chicas. En el comienzo de la película X-treme Close-Up, documental de la historia de Kiss relatada por los mismos integrantes de Kiss editado en 1978, un Gene Simmons a cara lavada recuerda su impacto al ver los efectos de la Beatlemanía: «Me acuerdo cuando vi a los Beatles en el Ed Sullivan Show. La cámara los mostraba a ellos tocando y, de repente, cuando mostraban al público, se veía a todas las chicas gritando: Ahhh, fuck me. Ese es un buen trabajo, pensé. Tendría que meterme en eso».

Después de tantos años de éxitos y fracasos comerciales, poco cuesta imaginar a Kiss como un grupo de piratas mediáticos que, navegando en un mar de escándalos, siguen hasta el día de hoy con su espectáculo circense, sobre la base de una mezcla de sangre, rock and roll, maquillaje y efectos especiales. Pero, además de eso, los integrantes de Kiss no son simples aventureros de la industria del pop. Simmons y Stanley, verdaderos capitanes del barco Kiss y únicos tripulantes fijos en esta travesía, fueron desde el comienzo dos jóvenes astutos, ambiciosos y desfachatados que tenían claro lo que querían, aunque tal vez no cómo conseguirlo. Los dos componían canciones y tocaban en Wicked Lester, un grupo sin demasiadas expectativas que, sin embargo, había conseguido un precontrato para grabar un disco producido por la CBS. Además de su ascendencia judía, en 1972 ambos compartían un loft en un piso veintitrés en pleno Manhattan y tenían en mente otro proyecto musical cuando se toparon con un extraño aviso en la revista Rolling Stone: «Baterista, 11 años de experiencia, hará cualquier cosa que haya que hacer».

Peter Criss, responsable de ese anuncio e íntimo amigo de Jerry Nolan (baterista de los New York Dolls) era justo lo que Simmons y Stanley estaban necesitando. Luego de escuchar a cincuenta guitarristas finalmente se toparon con Ace Frehley, un chico del Bronx que completó la formación. La dirección musical apuntaba a cierto hard rock melódico y ultracomercial. Para celebrar el nacimiento del grupo, los cuatro fueron a ver a Alice Cooper y a los New York Dolls (grupo de rock prepunk que tocaban maquillados y vestidos de mujeres). Tras estos shows los cuatro coincidieron en bautizarse con un nombre corto y pegadizo, una marca identificable. Paul Stanley propuso Kiss y Ace Frehley se encargó de diseñar el logotipo con las eses finales como rayos, que se convirtieron en la marca identificatoria hasta el día de hoy. También decidieron usar maquillaje. Sin descuidar el lado musical (mal que les pese a sus detractores, Kiss siempre tuvo un muy buen show de rock) de a poco fueron desarrollando sus personajes y su estética, limitándose a usar sólo el blanco y el negro. La música ya estaba lista, y los Kiss estaban dispuestos a «hacer cualquier cosa que haya que hacer».

Bésame mucho. Esa predisposición fue, seguramente, lo que captó el cazatalentos Bill Aucoin en 1973. Considerado como el quinto integrante del grupo, Aucoin era productor de eventos televisivos y enseguida tomó conciencia del potencial del grupo. Suya fue la idea de preservar en el anonimato sus rostros verdaderos, con lo que logró darles a estos cuatro muchachones un hálito de misterio y popularidad mundial. Rápido y expeditivo, en sólo dos semanas Aucoin les consiguió un contrato de grabación con la incipiente compañía Casablanca Records y un adelanto de diez mil dólares para perfeccionar el show. También fue él quien los contactó con el coreógrafo Sean Delaney, que se convirtió en el stage manager de la banda. Con este equipo, Kiss se convirtió en el primer grupo de rock de estadios, a la vez que empezaba a entrar en la historia por inventar las autopromociones más demenciales. A partir de entonces y durante el resto de la década, los shows de Kiss siempre dieron que hablar por motivos extramusicales: Stanley rompía guitarras de utilería, Simmons le agregó al ya clásico lanzallamas el revulsivo y efectivo truco de escupir sangre, Criss partía platillos explosivos… Pura pirotecnia y efectos especiales para encandilar a los fans, que eran cada vez más chicos. Hacia 1974, para promocionar su álbum debut (titulado simplemente Kiss) y su primer gira norteamericana, organizaron el Primer Gran Concurso de Besos por diferentes radios de todo el país. Para ello, como jingle promocional y en el colmo de la redundancia y de la autorreferencia, Kiss lanzó el oportuno simple Kissin’ time, que se convirtió en un éxito inmediato. A su vez, los ganadores del concurso hicieron entrar a Kiss en el libro Guiness de los records por haber sido la banda que lo llevó a permanecer besándose durante 96 horas.

Los niños primero. Una vez consolidado el producto (y capitalizado mediante ediciones de discos en vivo, cajas recopilatorias, simples y shows en vivo), antes de que terminaran los setenta, la marca Kiss expandió su línea de productos. Así aparecieron radios, muñecos, cinturones, remeras, llaveros, cajitas de lunch, comics, figuritas, cereales y helados Kiss que demuestran algo evidente: el producto Kiss, los superhéroes revulsivos pero en el fondo sensibles, apuntan no sólo al mercado adolescente sino también al infantil. Un claro ejemplo de esto es la película Kiss contra los fantasmas (1978) que, si bien en la Argentina fue prohibida para menores de catorce años, estaba claramente orientada hacia los niños, al punto tal que fue emitida por primera vez durante la Noche de Brujas. Los tiempos cambiaban. Así como en los sesenta el pop era música básicamente consumida por adolescentes, durante los setenta Kiss consolidó un nuevo producto para un nuevo mercado: el heavy metal para niños.

La década infame. De la trilogía señalada por Ian Dury en su canción Sex, drugs and rock and roll, Kiss ha evitado siempre la segunda parte para crear y enfatizar lo que será el estilo «Sex, drums and rock and roll»: nada de drogas y mucho menos combinadas con el baterista. De hecho, las drogas fueron, precisamente, responsables de la separación de la formación original. La decisión se correspondió con una lógica empresarial inapelable: Stanley y Simmons siempre echaron de la empresa a cualquiera que tuviera problemas de drogas, y eso incluyó al baterista Peter Criss, expulsado del grupo en 1979 por su adicción a la cocaína.

La década del ochenta fue para Kiss una década infame. Como reemplazante de Criss entró Eric Carr (quien se disfrazó como «El Zorro»). Con él grabaron en 1981 Music from the Elder (acá editado como Música para mayores), su primer (y último) trabajo conceptual. Producido por Bob Ezrin (productor del épico The Wall de Pink Floyd), este trabajo los enfrentó a una encrucijada: ¿podía un grupo como Kiss cambiar su dirección musical? En busca de cierta credibilidad artística, el disco exhibió la misma exuberancia rockera de siempre. Pero, en un alarde de producción, esta vez se lanzaron hacia el vacío intentando repetir las hazañas de otros grupos como The Who, The Kinks o Pink Floyd, y dándose todos los lujos: componen letras con Lou Reed, se cortan el pelo, se visten de forma más sofisticada y pretendidamente elegante, graban con la Filarmónica de New York y con el Coro Sinfónico de San Francisco. El resultado es un desconcertante (e hilarante) disco conceptual desbordado de música pretenciosa y más bien melódica que significó el fracaso comercial más importante del grupo. Para colmo de males, al final del video del tema Un mundo sin héroes, Gene Simmons, maquillado como El Demonio, derrama una lágrima, cometiendo un error publicitario inaceptable: los héroes malos y satánicos nunca lloran!

Todo por los fans. Cuando en 1982 se sacaron las máscaras, la situación de Kiss era bochornosa. Resultaba evidente que era el último truco que les quedaba para conseguir llamar la atención y, una vez quemado ese último cartucho, ya no había prácticamente nada para ofrecer. Musicalmente, la influencia de Eric Carr (un buen baterista más volcado hacia el rock pesado que falleció de cáncer en 1991) y las exigencias del mercado los llevan a volcarse cada vez más al heavy metal. A cara lavada y sin el glamour de antaño, durante los ochenta Kiss se perdió entre el pelotón de bandas pesadas que aparecen anualmente en Estados Unidos. Así se sucedieron discos y cambios de formación hasta 1994, año en el que anunciaron desde un portaaviones la vuelta de la formación original. ¿Qué pasó? ¿Por qué volvieron? ¿Se había recuperado Criss? La respuesta, viniendo de Kiss, era esperable: por los fans. De hecho, en distintos lugares del mundo habían sido los mismos fans quienes, al no poder ver al grupo original, organizaron convenciones recreando con imitadores los míticos shows de los setenta. Por eso volvieron. Y así llegamos al presente, con Kiss visitando la Argentina por tercera vez. Grabado en 1997, su último disco Psycho Circus, incluye una simpática tapa tridimensional y los muestra como los fans querían: pintados. Pero volviendo al disco, una de las canciones tal vez sirva para encontrar la punta de este ovillo.

La canción en cuestión es You wanted the best (Querían lo mejor), y retoma uno de los tópicos más comunes en Kiss y en muchos otros grupos de rock pesado: la relación con los fans (de hecho, uno de las mejores canciones de Kiss es la emblemática Detroit City Rockers, dedicada a los fans de Detroit). La letra de Querían lo mejor (con los cuatro integrantes cantando juntos por primera vez) declama: «Nuestros fans querían que tocáramos, así que nosotros los escuchamos y los obedecimos». Para terminar, en el estribillo, con el clásico estilo Kiss, Gene, Paul, Ace y Peter gritan: «Ustedes querían lo mejor». Porque, como toda gran empresa, Kiss sabe que lo más importante son los clientes. Y, ¿qué mejor cliente que un fanático?

Kiss 2,000. Pero más allá de todas estas obviedades, no hay que ser ingenuo: los mecanismos de marketing de Kiss no difieren de los de otros grupos más respetados, como Metallica, los Rolling Stones o U2. Y, sepultada bajo todas estas maniobras publicitarias, la formación original que viene a tocar en Buenos Aires ha grabado excelentes discos de hard rock, como Destroyer (1976), Love gun (1977) o el clásico Kiss Alive II (1977). A su vez, la absoluta ausencia de prejuicios ha dado fruto a interesantes experimentos pop como Dynasty (1979), en donde coquetean impunemente con la música disco. Pero, por sobre todas las cosas, Kiss es un producto integral, un show circense para niños, una fiesta que de tan sangrienta y explosiva termina resultando totalmente inofensiva. Y, aunque eso de que «hacemos todo por los fans» no se lo creen ni los mismos fans, Kiss quedará seguramente como uno de los mejores grupos de pop de la década del setenta. Un grupo para chicos. Pero, de última, todos llevamos a un niño dentro.

Hagan lo que hagan
Por Andrés Giménez, cantante de A.N.I.M.A.L.

Lo primero que escuché de música pesada en mi vida fue Pappo. Y enseguida, Kiss. Yo tenía más o menos diez años cuando salió la película Kiss contra los fantasmas y, como era prohibida, no podía ir a verla. En ese momento había un programa por televisión que se llamaba Música prohibida para mayores, que yo veía con mis primos. Ahí nos enterábamos de lo impresionantes que eran los shows: luces y humo por todos lados, efectos que los hacían volar por el aire y una música espectacular. Encima, aparecían con las caras pintadas y nadie sabía quiénes eran. Con eso lograban a la vez un misterio y un circo que enloquecía: había que descubrir quiénes eran esos tipos. A los catorce o quince años, un poco juntando guita y otro poco porque mis primos veían que seguía tan fanático como al principio, me hice acreedor de un disco de Kiss. Pero en ése ya tenían la cara despintada. Desde entonces, debo tener casi todos los discos, y hay algo que, si se escuchan todos ellos, es increíble: Kiss es Kiss, haga lo que haga. Es muy difícil esperar que démás sorpresas de las que ya dio (que sigan juntos ya es una sorpresa). Pero los tipos se ganaron un derecho como pocos: ya no tienen que innovar nada. Son como AC/DC o Black Sabbath. Es ridículo esperar que cambien algo, porque eso no es lo importante. Uno pone el último disco y ya sabe cuál es el estilo, porque es el estilo que todos copiamos y del que todos robamos alguna vez. Uno lo pone y sabe que va a escuchar el solo de guitarra y no un sampler, y la guitarra va a estar siempre donde tiene que estar. Si a eso se le suma un show en vivo como sólo ellos lo hacen, ¿qué más se les puede pedir?

Los vi cuando vinieron por primera vez acá. Y después en México, cuando estábamos de gira con A.N.I.M.A.L. y los chicos de Pantera nos invitaron al show en el que tocaban con Kiss. En Buenos Aires los había visto sin pintura en la cara, pero en México estaba parado al costado del escenario con esos cuatro monstruos todos pintados. Ese era el Kiss con el que soñaba desde chiquito. El mismo que viene ahora a tocar a la Argentina: los cuatro Kiss originales y con las caras pintadas.

El fin de una larga noche
Por Richard Coleman, cantante y guitarrista de Los Siete Delfines.

Escuché Kiss por primera vez cuando salieron sus discos en vivo porque los tenía el baterista de la primera banda en que toqué, cuando estaba en primer año del secundario. Yo me acababa de comprar mi primera guitarra eléctrica. Era el 76, y por entonces la obligación para tocar guitarra era saber Humo sobre el agua de Deep Purple y Deuce de Kiss. Había que «sacarlos» como fuera o no podías tocar en ningún lado. Así que escuché Kiss como un poseído hasta que saqué Deuce y entré en la banda. Después, nunca más volví a tocar nada de ellos, pero no por eso dejaron de parecerme unos grandes. Es una banda que, de una u otra manera, siempre estuvo andando. Nunca paró. Siempre fue un grupo de colegio: música para bailar cuando éramos adolescentes, en fiestas organizadas en la casa de alguno, pero Destroyer todavía realmente suena muy bien.

Ya al final de los setenta, Kiss estaba de moda y se había convertido en algo completamente comercial: despertaba un grado de fanatismo increíble en una cantidad increíble de gente. El mismo fanatismo que muchos sentían por Queen. Incluso, creo, llegó a gestarse una interna visceral entre el público argentino: Kiss o Queen. Pero la verdad es que ésa fue una en la que no entré. Ya prefería escuchar cosas más raras: jazz rock, los discos de Soft Machine, cualquier cosa, cuanto más extraña, mejor. Porque así como a algunos les fascinaba que los Kiss mataran pollitos y se hubiesen cortado el frenillo, yo ya había visto chicas con esa lengua, y andaba más interesado en eso de que Jaco Pastorius se había operado las manos para estirar más los dedos. Había ido a ver a Queen cuando vino en el 80, aunque los vi desde muy lejos, en la parte más alta de la popular: tampoco quería gastar mucha plata en Queen. Ya en el 82, cuando vendieron entradas para un recital de Kiss en la cancha de Boca que nunca se hizo, no compré. Ahora, veinte años después, aunque ya no me compro sus discos ni tengo que saberme una de sus canciones para entrar en un grupo, me encanta que hayan vuelto a maquillarse y sigan con el rock circense, algo que hacen mejor que nadie. Me encanta que hayan vuelto, porque la década del 80 fue algo así como una gran noche de diez años en la que se desvalorizó casi cualquier cosa que tuviera que ver con los 70. Y no debería haber sido así. En definitiva, nosotros nos pintábamos una estrella y nos parábamos los pelos cuando los tipos ya se habían pintado la cara diez años antes.

¿Me están pidiendo que los critique?
Por Sergio Rotman, saxofonista y cantante de Cienfuegos.

Supongo que me piden que escriba porque suponen que voy a escribir mal de Kiss. Porque suponen que los odio. Que, como fui punk, voy a detestar la música de Kiss. Fui punk. Fui muy punk. Pero no los odio. Kiss nunca fue un grupo que contara con mi odio especialmente. Por algo muy sencillo: el suyo siempre me pareció un rock and roll muchísimo más digno que el de otros grupos de la época que sí odiaba, como Zeppelin, Deep Purple, Jimmy Hendrix: eran hippies, horribles, una mierda. Zeppelin, sobre todo. Pero Kiss era rock and roll. Nunca fueron virtuosos, pero tenían mucha garra y muy buenos temas. Nunca fue un grupo inflado, sino que llegó a estar donde estuvo y donde ahora volvió a estar por lo que hacen: rock and roll bien norteamericano, como Alice Cooper, que siempre me gustó más que la vanguardia inglesa. Aunque tampoco exageremos: de chico nunca tuve «mi primer disco de Kiss». Por aquel entonces, nadie tenía los discos de Kiss. ¿Quién se podía comprar Kiss Alive I, que era un disco doble importado? Era como comprarse un auto. Yo grababa todo lo que salía en unos casetes BASF, y el casete donde grabé lo de Kiss estaba medio hecho mierda, así que nunca llegué a escucharlo mucho. Después me hice punk. Y, encima de Kiss, grabé los discos de Anti-Nowhere League. ¿Qué carajo es Anti-Nowhere League? Busquen discos de ellos y van a saber por qué los grabé encima de los de Kiss. ]

~ por Mike en febrero 24, 2010.

2 comentarios to “Boquitas pintadas”

  1. Recuerdo perfectamente esta nota. De hecho, debo tenerla en mi vieja caja de recortes, sólo debería buscarla.

    El título es maravilloso, sobre todo para los fans de Manuel Puig (entre los que no me encuentro). Los errores, bastante garrafales, pero perdonables al fin.

    Deliciosas son también las opiniones combativas de Sergio Rotman, aunque un toque energúmeno: criticar así a Zeppelin… en fin

  2. yo no lo perdono una mierda!!!!!!!!!!es un taradi el autor de esta nota!!!el titulo parece gay desde el vamos !!!y encima con esos errores!!y el tipo es punk pero seguro lleva sus hijitos a escuelas privadas!!!!hahaha punk its vegetal body!!hahahahaha!!

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