Orgullo, pasión y gloria

En cuestión de horas, Metallica estará subiendo al escenario montado en el estadio de River para ofrecer el primer concierto de su tercera visita a la Argentina.

La banda más grande de la historia del heavy metal llega a nuestro país para saldar viejas deudas y renovar su estatus de mito viviente del rock.

Hoy toca Metallica en Buenos Aires y nada más importa.

Para ir calentando motores, los dejo con un reportaje publicado por Fernando García en Clarín el miércoles 5 de mayo de 1993, un par de días antes del recordado debut de la banda en la Argentina.

* Retrato de un peso pesado *

«Uno debe ser un fan, un hincha, haga lo que haga. Si yo no hubiera tenido ese sentimiento cuando empecé no habría llegado a ningún lado. Definitivamente, una de las claves de nuestra permanencia está en que, antes de ser músicos, aprendimos a ser fans». El que habla es James Hetfield, un corpulento y pelilargo rubio con cara de pocos amigos que, para millones de adolescentes del mundo entero, representa la cara visible de una idolatría llamada Metallica.

Gran parte de los que tienen menos de treinta se pregunta qué habrá hecho esta banda con nombre de reminiscencias industriales para suscitar semejante fiebre. Ignoran las razones por las que, los próximos viernes y sábado, casi cien mil jóvenes acudirán a su llamado en un estadio de fútbol de la austral Buenos Aires. No saben, en todo caso, que su asombro es el mismo que, durante los últimos veinte meses, ha sembrado este nombre a su paso por distintas ciudades del planeta, desmantelando cálculos de marketing en plazas tan inexploradas como México, y mostrando que su marca no tiene nada que envidiarle a la que ha impuesto Guns n’ Roses.

El fenómeno se pronuncia Metallica, y la enérgica acentuación que exige su nombre es más que una formalidad lingüística. Es la imagen acústica ideal para representar a este cuarteto oriundo de California que, rigurosamente vestido de negro, viene avanzando desde hace más de diez años como emblema de la tradición estética e ideológica de esa corriente del rock conocida como heavy metal. Metallica es hoy un imperio sónico sin fisuras, pero también el símbolo de una música dura que ha sabido imponerse sin traicionar sus fuentes.

Algunas de las claves de lo que representa este grupo están en su último álbum, titulado simplemente Metallica. Editado en septiembre de 1991, permaneció durante un mes al tope del ránking que elabora la revista especializada Billboard, un termómetro indiscutible de las tendencias del mercado discográfico norteamericano, y lleva ya vendidas siete millones de copias en todo el mundo. Tres premios Grammy y tapas en publicaciones tan prestigiosas como Rolling Stone dieron cuenta de un tal vez tardío pero no menos valioso reconocimiento por parte de los medios y el negocio del rock hacia la calidad artística del grupo.

Así como lo mejor de la música pop apuesta al éxito con melodías sencillas que descargan su poder de seducción en los estribillos, el heavy metal se apoya en la eficacia del riff, ese fraseo distorsionado de la guitarra cuya reiteración obsesiva debe empujar al oyente, adrenalina mediante, a un estado eufórico lindante con lo heroico. Esta fantasía eléctrica ha distinguido siempre a los exponentes más altos del género, aunque los mejores ejemplos de un riff de guitarra también pueden encontrarse en Satisfaction de los Rolling Stones o en Sunshine of your love de Eric Clapton. En ese sentido, varios pasajes del último disco de Metallica, el tema Enter Sandman a la cabeza, inscriben a la banda en la misma perspectiva histórica que han trazado nombres tan ilustres como los de Led Zeppelin, Deep Purple o Black Sabbath.

Buena parte del mérito de esas canciones, y de otras que completan los cinco álbumes grabados hasta el momento por Metallica, le corresponde a James Hetfield, compositor, guitarrista, cantante y, junto al baterista Lars Ulrich, mentor de la agrupación. Tras recorrer un itinerario que los viene llevando por Venezuela, Chile y el Brasil, y a poco de su aterrizaje en la Argentina, la voz áspera de Hetfield responde en exclusiva al llamado de Clarín: «Es cierto que con nuestro último álbum han aparecido un montón de nuevos fans de Metallica, y está bien que así sea. Pero yo sigo prefiriendo a los viejos seguidores, que se distinguen en cualquier concierto por su energía». El rudo muchacho no titubea cuando habla y parece ajeno a las tentaciones de la demagogia.

Es que con más años de carrera pero, hasta ahora, menos discos vendidos, Metallica se enfrenta, en términos musicales, a un único competidor por el cetro de los pesados: nada menos que Guns n’ Roses. Con ellos, precisamente, compartieron una gira a mediados del año pasado. «Fue muy difícil, confiesa Hetfield, es una banda completamente diferente a la nuestra. Ellos construyen una especie de apartheid a su alrededor y para nosotros las cosas son más sencillas. No volvería a tocar junto a Guns n’ Roses». Sabe de lo que habla. Tras más de diez años de experiencia, Metallica ha aprendido a cuidarse de los perfiles del escándalo. Desde 1981, cuando Hetfield y el citado Lars Ulrich, un danés que abandonó su promisoria carrera de tenista para dedicarse al heavy metal, decidieron formar el grupo, debieron afrontar la deserción de Dave Mustaine (quien pasó a liderar el grupo Megadeth y actualmente está internado en una clínica de desintoxicación) y la muerte del bajista Cliff Burton en un accidente automovilístico. Hoy, la otra mitad del cuarteto está integrada por el demoledor bajo de Jason Newsted y la fina guitarra de Kirk Hammett.

Heredero y agente renovador de la tradición heavy, Metallica no teme a la grandilocuencia cuando tiene que montar un show. El escenario que el grupo pasea en esta gira por el mundo insume un gasto semanal que promedia los 250 mil dólares, un equipo que no baja de 70 asistentes y hasta un jet privado para los cuatro músicos. En cualquier punto del planeta donde la banda se presenta, el ocasional espectador se enfrentará con una infernal batería pirotécnica y, si la suerte lo ha favorecido en un sorteo previo, podrá ser uno de los cien privilegiados que asistan al espectáculo desde el llamado «nido de víboras», un espacio situado en el mismísimo centro de la escena, a escasos centímetros de los músicos.

Paradójicamente, el papel decisivo que jugó Metallica en la década de los ochenta tuvo menos que ver con esa espectacularidad que con el rescate de la idiosincrasia callejera que caracteriza a los rockeros duros. Y Hetfield lo admite: «Fuimos los más agresivos cuando el heavy se estaba transformando en un cuento de hadas. Escribimos un guión más realista, y creo que se lo debemos al punk rock. Metallica habla de la vida normal, o de lo que es normal para nosotros». Una realidad que el costado conservador del músico no esquiva a la hora de opinar sobre los cien días de Bill Clinton como presidente de los Estados Unidos. «El ha cosechado votos de gente muy diversa y no sé hasta qué punto eso sea bueno, porque no se pueden satisfacer expectativas tan diferentes. Yo no lo voté, y no estoy de acuerdo con ciertas cosas que quiere llevar adelante».

La misma cautela parece gobernar la trayectoria de Metallica. En más de una década, la banda ha grabado apenas cinco discos, y Hetfield no cree que vayan a grabar otro hasta 1995. La gira que los trae a Buenos Aires culminará en julio. Entonces los espera el largo y merecido descanso que corresponde a cualquier vida normal.

~ por Mike en enero 21, 2010.

Una respuesta to “Orgullo, pasión y gloria”

  1. Una de mis bandas preferidas, sin dudas. Esta noche voy a disfrutar cada minuto de su show. Hace poco vi el DVD grabado en México, titulado igual que este post, y me alegró ver que no han perdido la furia.

    Han logrado suplir su odio proletario (ahora adormecido por su vida de millonarios) por otra clase de energía igual de poderosa.

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