Kiss en Rolling Stone

La edición local de la revista Rolling Stone se hace eco de la llegada de Kiss a nuestro país. El rostro de Gene Simmons explota desde la portada del número de marzo, que en pocas horas estará en la calle.

Históricamente, la publicación estadounidense se dedicó a menospreciar el trabajo de la banda. Parece que la versión argentina continúa con esa política ya que incluye una nota de archivo en lugar de material nuevo.

El extenso reportaje de Charles M. Young fue publicado originalmente en 1977 y relata las peripecias de la banda con una importante cuota de sarcasmo.

El estilo del artículo, tendencioso pero brillante, se encuadra dentro del llamado Nuevo Periodismo tan en boga por esos años y me recuerda a varias escenas de Almost famous, la cinta con la que Cameron Crowe describió su ingreso al mundo del rock.

La entrevista en cuestión fue realizada cuando Kiss dominaba el mundo, como pregona un documental que emite el canal VH1 de tanto en tanto y que seguramente volverá a ser parte de su programación antes del 5 de abril.

Hacia 1977, los miembros de la banda eran jóvenes y temerarios. Treinta y dos años después, algunas de las declaraciones que forman parte de esta nota suenan extremadamente absurdas. Otras, no tanto.

Como sea, resulta un ejercicio apasionante ya que nos permite viajar en el tiempo hacia un momento culminante en la carrera del grupo.

Por favor, no se vean intimidados ante la extensión del reportaje. Este material es absolutamente imperdible para todos los fans de Kiss. Recomendado.

* El origen de la bestia *

Mientras explotaba el punk y subía la fiebre disco, cuatro enmascarados conquistaban el mundo apelando a las armas más elementales del rock and roll: groupies, estribillos asesinos y un talento imbatible para hacerse los estúpidos.

«Vivimos en la bolsa de gusanos del Diablo»
Martín Lutero

«Rompimos el récord de asistencia de (la estrella musical y televisiva) Lawrence Welk en Abilene, Texas. Estoy muy orgulloso de eso», dice Gene Simmons, el bajista de Kiss, famoso por su lengua grotescamente larga y por vestirse como un pterodáctilo.

Estamos sentados en el backstage en una de las tres noches en que tocan en el Cobo Hall de Detroit. Presentaciones excepcionales porque están visitando mayormente ciudades de segunda escala.

«Estamos yendo a lugares que nunca vieron una gran banda, y que nos recordarán por siempre. La reacción es increíble. Estaba viendo las noticias locales en Duluth, y el presentador dijo que había ocurrido un robo en el auditorio. Pensé que se habrían llevado la recaudación, pero resultó que era un chico que había robado tres entradas a punta de pistola. No lo entiendo. Las entradas son tan etéreas. Un concierto y se fueron. El dinero, en cambio, es poder real».

El dinero, contesto, es tan ilusorio como una entrada.

«No si todo el mundo cree en él», dice Simmons, sosteniendo el tenedor. «Si digo que esto es un cetro real y todos lo reconocen como tal, entonces es un cetro real y yo soy el rey. Eso es poder, no ilusión».

Antes de que pueda insistir que sigue siendo un tenedor, el guitarrista Paul Stanley, conocido por la estrella negra sobre su ojo derecho y por sus labios de un rojo brillante, se sienta y engulle una porción de torta.

«Estoy muy mal del estómago», dice mientras se lame los dedos de una mano y sostiene su tirante vientre con la otra, buscando otra porción con los ojos calmos del adicto que tiene suficiente dinero para satisfacer su hábito. «Tengo escalofríos y todo eso. Pensé que me iba a morir en el escenario ayer a la noche».
¿Tal vez se sentiría mejor si dejara de comer porquerías?
«La mejor dieta cuando estás de gira -dice- es sopa al mediodía y dulces en la cena. Mantiene bajo el peso y uno quema todo el azúcar durante el show».

Un asistente anuncia que es hora de la prueba de sonido, y los tres nos encaminamos al escenario de 300 mil dólares del cavernoso auditorio. El baterista Peter Criss, que se pinta su rostro como un gato, ya está en su puesto y se ríe de su versión ridícula de Time has come today de los Chambers Brothers. El guitarrista Ace Frehley, que ocupa el rol del hombre espacial con dos estrellas plateadas sobre sus ojos, ignora la parodia y toca acordes que retumban en toda la sala.

Ninguno de los Kiss está usando el maquillaje que invariablemente se ponen cuando tocan en vivo, y, sin la pintura, Stanley parece apuesto, con rasgos patricios que uno imaginaría, en otra época, en un carro de dos caballos que corre por una superpoblada calle romana dando latigazos a los campesinos lentos.

Frehley luce como una víctima del ácido de los 60, su cara tiene marcas como la superficie de la Luna. Criss parece tener varios años más que su edad oficial (30), pero sus ojos son los de un chico por su ingenuidad.

Con su complexión centroeuropea y sus uñas negras, Simmons podría parecer sucio aun cuando saliera recién de la ducha. Aunque todos medimos descalzos más de 1.80, Frehley, Stanley y Simmons tienen puestas sus botas con plataforma de veinte centímetros, y yo comienzo a entender el atractivo de la altura. Toda mi vida le he hablado a gente más baja. Parado acá, bajo la mirada impávida de Simmons, parezco el alfeñique cuyas opiniones no cuentan.

«Ven aquí. Quiero mostrarte algo», dice él, subiendo por una escalera hacia el parapeto del castillo en ruinas que está a un costado del escenario. Está salpicado de rojo por las gotas de sangre que él vomita durante el ritual de su solo de bajo. «Estamos doce metros por encima del público. ¿Sabés lo que significa?» Los doce metros están justo debajo y la única respuesta que se me ocurre es acrofobia. Simmons da un paso hacia el borde y gesticula ante un mar de butacas vacías. «Esto -dice- es poder».

De acuerdo con la Scientific American, cada vez que un búfalo se tira un pedo en Africa, miles de escarabajos peloteros (coprófagos) presienten que va a caer maná del cielo. La relación entre los pedos y los escarabajos me parece peculiarmente honesta.

Cada especie de escarabajo está genéticamente programada para comer una clase especial de bosta, así que el búfalo no necesita encuestas de mercado para descubrir dónde tiene que tirarse pedos para obtener el máximo rendimiento de su inversión. Las manadas no hacen publicidad ni ofrecen muestras promocionales. En cuanto al producto, los pedos de búfalo no prometen revelar el sentido de la vida. Los búfalos no prometen crear pedos que harán cantar al mundo. No prometen prestigio intelectual si un escarabajo logra interpretar el sonido de los pedos con suficiente maestría. Los pedos de búfalo prometen mierda, y la terminan entregando.

Entre las bandas de rock and roll contemporáneas, la música de Kiss puede compararse con los pedos de búfalo. Aun contando algunas pocas canciones aberrantes, ellos tampoco prometen revelar el sentido de la existencia. Ellos gritan una necesidad elemental, poniendo tanto énfasis en palabras como I wanna como los Ramones, solo que sin la sátira condescendiente.

Uno de los momentos más dramáticos de sus shows es cuando Stanley, en una pausa, enfrenta al público en solitario y los hace cantar: «IiiiIIIiiahah WaAAaaNT YooOOooOOooOOu». Suena incómodamente cercano a Robert Plant, pero el momento borra todo el mundo circundante a esa ansia primal. Nada de esas caballerosas woman you need love, nada de esas sutilezas hold your hand. (Kiss tuvo que retirar Hard luck woman, una canción sobre una mujer con mala suerte hasta que encuentra a un hombre, debido a la mala reacción del público).

El mundo conocido, fuera del ansia primitiva, es una vasta conspiración para la mayoría de los adolescentes que llegan al mercado laboral sin calificaciones intelectuales, gracias a la masiva crisis de la educación que hay en Estados Unidos. Pregúntenle a un/una fan de Kiss por qué a él/ella le gusta la banda y él/ella los mirará con una vaga hostilidad mientras las palabras intentan primero articularse en la corteza cerebral para, luego, con mucho esfuerzo, lograr salir. Los más listos notan el pase de prensa prendido en tu camisa y te ruegan que los lleves al backstage. Pediles sacarles una foto, y ellos se acicalarán con toda la bravuconería que sus hormonas frescas puedan producir. Lo importante es decir «presente» en la conspiración.

Lo que trasciende la conspiración interior que hace crecer pelos y granos en lugares extraños a lo largo de sus núbiles cuerpos. Nada mejor para olvidar la inexorable marcha de la biología que perder tu identidad por cuatro tipos que han salido de sus cuerpos mundanos y, simultáneamente, regodearse en esas asquerosas necesidades que tus padres preferirían olvidar. Es una religión pagana para adolescentes. Bombas, llamas (a veces tanto desde el escenario como desde el público), Simmons escupiendo sangre y fuego, todos saltando y corriendo de acá para allá con sus plataformas, la guitarra de Frehley largando humo y encendiéndose, las estatuas de gatos de dos metros de Criss y su batería elevándose diez metros en el aire. Ir a un concierto de Kiss es como sobrevivir a la invasión de Normandía. Cuando salís, te sentís un elegido de los dioses, un sobreviviente que puede volver a casa y enfrentar los puntos negros de su nariz como todo un hombre. O, al menos, pintarlos de otro color. Kiss es el espectáculo más grande desde la aparición de la muerte.

Gene Simmons, vestido con una bata azul en su habitación de hotel, me pregunta: «¿Te gustaría ver mi colección?» Saca unas veinte polaroids de un maletín y las coloca en el escritorio. Cada una es de una groupie posando con las piernas abiertas o en otras posiciones igualmente imaginativas. Los cuerpos van de lo hermoso a lo grotesco. «Nombres, fechas y lugares escritos atrás. Estas son sólo de este tour».
«Debés tener enfermedades extrañas», digo finalmente.
«¿Alguna vez lo hiciste con un famoso?»

Tarareando We’ve only just begun, camina hacia el living. Star Stowe, la chica Playboy de febrero, y una amiga de ella salen riéndose del baño. Stowe usa medias negras agujereadas, un short de jean y una remera de Kiss un par de talles más chica. La reconozco de una polaroid. Simmons hace un comentario sobre las inclinaciones sexuales de ellas.

«Ge-eene», dice Stowe. «Vos sabés que estábamos adentro juntas porque tenemos la misma valija. Ni siquiera bromees con eso delante de un periodista. Si fuera rarita, lo habría dicho en el artículo (de Playboy). No quiero que mi reputación se arruine».

Luego de unos minutos de discusión, Simmons las corta con un seco: «¿Por qué no hacen lo que las mujeres saben hacer?» Ellas se callan, así que presumiblemente eso es lo que él piensa que ellas hacen mejor.

«No somos una gran banda», dice, volviendo su atención hacia mí. «El nivel musical es promedio, tal vez menos que eso, pero en un año seremos la banda más grande del mundo. Hay 200 millones de norteamericanos que no quieren sutilezas. Quieren ser aporreados con asuntos claros y no por mariconadas. Nadie se oculta detrás de seudointelectualismos. Soy fanático de la América profunda. Acordate, fue la cultura de masas la que creó el rock and roll. Nuestros gustos coinciden con los de ellos».

Le pregunto a quién votó en la elección presidencial de 1972. Dice que a McGovern y admite que en esa ocasión algo pudo fallar con el gusto masivo. «Pero nada está bien o mal en la música. Sólo hay gustos. La gente de Nueva York odia a Lawrence Welk, pero él vende medio millón de discos cada vez que saca algo nuevo, y ya lleva treinta álbumes».

«¿Vos admitirías que son una mierda?», pregunto.
«A alguien le gustan».
«Jacqueline Susann vende más libros que Shakespeare, pero sigue siendo una mierda y Shakespeare sigue siendo Shakespeare».
«Esperá un minuto!», exclama Simmons. «Yo creo que Shakespeare es una mierda! Una mierda total. Podrá haber sido un genio en su época, pero no puedo conectar con ese material. Vosotros, os… El tipo suena como un marica. El Capitán América es un clásico porque es más entretenido. Si contás el número de personas que leen a Shakespeare te vas a desilusionar».
«¿No hay estética más allá de lo que la gente compra?», pregunto.
«Seguro».
«Pero Madison Avenue, por ejemplo, no cree mucho en lo que vende. Nadie necesita un desodorante antes de que se cree un mercado para él». Simmons contesta poniéndose en los sobacos un frasco entero de Royal Copenhagen.
Yo continúo: «Todo lo que venden esos tipos es la estúpida imagen de acostarse con alguien. Venden la ilusión de ganar dinero, que es también una ilusión».
«¿Entonces por qué no te suicidás -me sugiere- y te librás de todo el dolor que estás padeciendo? La televisión es un medio de entretenimiento. Si yo diseñara un aviso de desodorante sería muy simple. Querría ver a una puta metiéndoselo entre las piernas, afuera y adentro! Entonces lo compraría!»
«Estoy diciendo que no vendan mierda en primer lugar. La humanidad vivió sin desodorantes durante 10 mil años».
«Debíamos oler como alces».
«Hay toda una teoría de la evolución que dice que sobrevivimos porque olíamos tan mal que ningún animal quería comernos».
«¿Y qué hay si el desodorante es una mierda? Yo quiero esa mierda! Estoy lleno de mierda!»
«¿Te considerás más importante socialmente que el desodorante?»
«No».

El teléfono suena por enésima vez y Simmons contesta. Es el único miembro de Kiss, y una de las pocas estrellas de rock, que se registra en los hoteles con su nombre real. El resultado es una seguidilla de llamadas que él siente que les debe a sus fans. «Sí, querida. Abrí tu mano y mirala. Mi lengua es más larga…»

El tema gira hacia sus motivaciones personales para meterse en la música. «Luego de recibirme en la universidad -dice-, fui maestro de sexto grado de la escuela pública 75, en la calle 96 y West End, cerca de donde vivo ahora. Duré seis meses, porque no soportaba a los niños. Quería sacudirlos. Esa es la edad en que comienza la rebeldía. Empecé a enseñar por la misma razón por la que hago esto: necesito tener un escenario. Todo el mundo necesita ser mirado, pero algunos lo necesitamos más. Soy una versión extrema de lo que es todo el mundo… No quiero tener hijos. Soy el último varón de la familia y quiero que la línea termine conmigo. Soy muy reservado en mis relaciones. No quiero casarme nunca».

«Viste como es cuando dormís con chicas en las giras», dice Billy Miller, el último en una larga cadena de managers de Kiss. «Hacés lo imposible para que se vayan antes de la mañana. Sin su maquillaje parecen el puño del señor Wences» (exitoso ventrílocuo español cuyo muñeco era su propia mano pintada).

Anderson sonríe ante la analogía mientras Paul Stanley está acostado en un sofá, exhausto luego del show. La mayor parte de la gran estrella negra sobre su ojo está corrida por el sudor. ¿Encontró Stanley alguna razón en la acusación de que sus letras son sexistas?
«A la mierda -dice-. No creo que las mujeres sean como yo. Somos dos especies diferentes. Las relaciones se complican cuando ellas quieren actuar como hombres. Alguien debe tener la autoridad».
¿Podría suceder que muchas estrellas de rock llevan vidas solitarias en las giras y conciben impresiones distorsionadas por estar con groupies todo el tiempo?
«Bueno, sería simple generalizar que todas las mujeres quieren comer gratis y coger. No es una generalización que yo haga».

Stanley es la Virgen María de Kiss. En la Pagana Cuatrinidad, es el más adorado. Canta la mayoría de los temas, habla en el escenario (con un acento sureño que no concuerda con su crianza en Manhattan), y realiza unos sorprendentes bailes que incluyen chocar sus tacones en el aire usando plataformas de veinte centímetros. Es más una prueba atlética que un concierto.

Le cuento a Stanley sobre la charla sobre desodorantes que tuve con Simmons. «Si vendemos algo -dice- es algo bueno. Vendemos escapismo, alivio de los problemas diarios. Mucha gente tiene vidas horribles y nosotros llenamos una necesidad de huir de eso. La gente toma Valium, la gente compra discos. No es tan terrible como quieren hacerlo creer. Llegamos a las masas, nos divertimos, y eso es válido. Duermo bien».

Nunca se publicó una foto de los Kiss sin maquillaje, y me pregunto sobre el enorme énfasis que ponen en preservar esa mística. «No vamos a decirte que somos de otro planeta o que somos creaciones de laboratorio -dice-. Intentamos mantener esta imagen porque el público lo quiere. ¿Quién querría ver a Clark Gable sin sus dientes postizos?»

Luego de que Stanley se ducha, vamos al bar del hotel, donde una mujer aparece para mostrar el tatuaje de una rosa en su hombro, idéntico al que tiene Stanley. El no tiene maquillaje, pero con su pelo largo, su campera de cuero y sus botas de plataforma es obvio que es una estrella de rock, incluso cuando uno no pueda reconocer su cara. Encuentro a la amiga de Star Stowe y, pensando en un levante, le pregunto si es verdad que es lesbiana.
«No digas eso tan alto! Soy la mujer más adorada por los hombres del mundo», dice, verdaderamente enojada. Cambio de tema: Simmons. «El tenía razón esta tarde, sabés -dice-. Siempre tiene razón en todo, excepto cuando no la tiene».

En su cuarto de hotel en Detroit, Peter Criss toma un rápido sorbo de una botella blanca de plástico. «Este líquido de proteínas es la peor mierda que probé en mi vida», dice con una mueca, mientras Al Ashton, un conductor radial canadiense, pone una cinta para entrevistarlo a él y a Ace Frehley.
«Probé de todo para estar despierto. Inclusive vitaminas».
«¿Por qué no tomás una pastilla?», sugiere Ace Frehley, desplomado en una silla.
«Porque no me gustan».

Durante la entrevista, Frehley dirá que le gustaría ir a otro planeta antes de morir, pero Criss es el primero en abrirse, recordando su infancia. «Me echaron del coro porque me tomaba todo el vino cuando era monaguillo -dice-. Solían encerrarme en el armario durante horas en la escuela. Me hacían sentar en un cesto de basura. Odio a las monjas, man».

Esos recuerdos dolorosos parecen soltar algunas inhibiciones y Criss pronto está despotricando contra el equivalente actual de las viejas monjas. «Nosotros pateamos culos todas las noches! Los únicos que sabemos lo que va a pasar somos nosotros y el equipo que nos acompaña. Los ejecutivos de la discográfica, sentados en sus escritorios mirando las fotos sacadas en los conciertos y llevándose todo el crédito… Oh, Dios! No dije eso! Me salió un John Lennon!»

Frehley se agita con risotadas agudas. El conductor le pregunta sobre su infancia. «Vivía en algún lugar del Bronx, flotando». De nuevo las risas. ¿Y el futuro? «Quiero tener una granja de monos». Otra risotada.

«Y los agentes!», continúa Criss, gritando. «Son más idiotas que los de la discográfica. Nos hubieran contratado de todos modos. Nos drogan, dicen que nos dejarán traer a nuestras madres, tienen guardaespaldas para encerrarnos». Un botones entra con un carrito con una cubetera plateada. «Oh, no! Más champagne no!», grita Criss. «¿Ven lo que les decía sobre las drogas?»

Todos toman la llegada del botones como una señal de que la entrevista terminó. Cuando voy hacia la puerta, Alan Miller, jefe de promoción de Kiss, bromea: «Si decís algo que dañe al grupo, te rompemos las piernas».

Los cuatro miembros miran intensamente los espejos del camarín y se maquillan mientras Bill Aucoin, presidente de Aucoin Management, anuncia que Beth, su exitosa balada de 1976, empató con Disco Duck como mejor canción del año en los People’s Choice Awards.

«¿Qué ganamos? -dice Stanley-. ¿Cincuenta kilos de comida para perro?»
Aucoin se ríe y dice que tendrán que charlar cómo recibirán el premio, ya que estarán de gira cuando sea la ceremonia.
«No creo que debamos aparecer en la tele», dice Simmons.
«¿Estás bromeando? -dice Aucoin-. Será una sorpresa para Peter. El saldrá a cantar la canción como siempre, y ustedes aparecerán y dirán que acaban de recibir un telegrama que les anuncia que ganaron el premio. Peter dice Gracias, bla bla bla, ustedes se retiran y él hace la canción. Grabaremos una cinta y la enviaremos al show».

Luego de unos minutos de maquillarse, Criss anuncia con ridícula solemnidad que es hora de que Gene Simmons salga del closet y admita su liderazgo en el movimiento de liberación gay. El sugiere varios posibles orígenes de la larga lengua de Simmons, para deleite de los asistentes y técnicos.

«El dice que, si le gustás, se lo tragará -dice Stanley-. Incluso tiene acciones de un fabricante de vaselina».

Simmons se muestra indefenso ante este ataque de vestuario y masculla unos torpes intentos de vincular los ancestros italianos de Criss con la mafia. Por primera vez veo en sus ojos al monstruo suplicando. Alguien entra con una caja y dice que es un regalo de la familia a cuya casa los Kiss han sido invitados después del concierto. Criss abre la caja y saca una botella de vino. «Si esta gente es tan rica como dice ser, ¿cómo es posible que nos envíen un Gallo? -pregunta. Oh, man! Mirá esto!»

Pasa una tarjeta que muestra la foto de un ligeramente obeso empresario, su mujer y dos hermosos niños sonriendo desde el living de su casa suburbana. «Este es el Estados Unidos profundo, man. Están más enfermos que nosotros».

Peter Criss sale del baño con una tintura humeante en su mano. «Estaba poniéndomelo en el pelo cuando de pronto comenzaron a salir chispas, dice. Podría haberme quemado. Imaginen: años con esas bombas explotando a mi lado todas las noches, y muero por una tintura para el pelo».

Cuando se sienta con una toalla en la cabeza, le pregunto por el enojo de Simmons. «Eso fue más fuerte que lo usual, porque ustedes estaban acá -dice-. Le hacemos bromas porque la prensa es muy importante para él. Bromear me distrae del show y nos mantiene a todos amigos».

¿Y el arrebato de esta tarde con el conductor de radio? «Es un juego. Construimos todo este asunto de ser rebeldes contra el sistema. Pero es verdad que a veces siento que los tipos que están en un escritorio no saben nada de lo que ocurre realmente».

«Mi vida social se vio afectada -continúa-. Voy a fiestas y me asusto mucho. Siempre sentado en un rincón, sin saber cómo actuar. Es enfermizo. Solía ir a las fiestas y hacer el papel de estrella de rock, pero ahora que soy una de verdad, no puedo. Perdí al verdadero Peter Criss en algún sitio y eso me asusta. No puedo dormir por las noches. A veces me asalta una inseguridad sobre si soy lo suficientemente bueno para el éxito. Pero creo que he trabajado duro y que estoy capacitado para eso. Lo resolví. Soy bastante feliz. Estoy muy entusiasmado con la banda».
¿Ve algún conflicto entre la cruz cristiana que cuelga de su cuello y la imagen de maldad y sexo del grupo?
«Yo soy malo -dice-. Creo en el Diablo tanto como en Dios. Uno puede usar a cualquiera de los dos para lograr las cosas».
¿Qué le habría dicho a Dios sobre cómo fue su vida si la tintura lo hubiera matado?
«No lo sé. La estoy pasando bien. Es todo parte del show. Le diría: Deberías haber estado ahí, man».

Ace Frehley se prepara para mis preguntas con una cerveza y la firme desaprobación de un par de niños que lo miran en la fiesta organizada por la familia que envió el Gallo. Resultaron ser más que clase media: tienen una mansión en Grosse Pointe, en las afueras de Detroit. Mirando al hombre espacial sin maquillaje, los niños parecen haber descubierto que no existe Papá Noel.

«Me preocupa la privacidad», dice Frehley con un fuerte acento neoyorquino. «Debo mantenerme sano y manejar la fama. En el escenario, soy Ace Frehley, y fuera de él, soy un chico del Bronx. Me considero afortunado en cierto sentido. Mick Jagger será siempre Mick Jagger, pero yo puedo sacarme el maquillaje y ser quien soy. Cuando todas las chicas gritan, no es a mí a quien llaman. Es lo que represento».
¿Cree él que va a ir a otro planeta?
«Como, duermo y bebo mi personaje. Es mi fantasía ir a otro planeta. Cuando tenga 40 años, los viajes interplanetarios serán comunes. Nadie querrá hablarme cuando tenga esa edad, de todas maneras. La fama es una etapa temporal. Te convertís en un candidato para el manicomio cuando creés que esto va a durar para siempre».

«Voy a ir a Marte. No me importa nada. Este planeta no existirá en cincuenta años».
¿Y qué piensa sobre los desodorantes?
«Es mejor compararnos con el presidente Carter -dice-, porque la gente lo votó de la misma manera que compran discos».

Todos los miembros de Kiss fueron un desastre en la secundaria: Frehley fue expulsado de dos escuelas y abandonó una tercera en el Bronx, a Criss lo golpeaban en los nudillos las monjas en Brooklyn y era humillado por tener el pelo demasiado largo, Stanley fue crónicamente el último de la clase de los piolas en la escuela en Manhattan y Simmons era el clásico payaso del curso y un fanático de las historietas en Queens. Todos estaban movidos por una irresistible ansia de fama y por amor al rock and roll.

Stanley y Simmons se encontraron hace seis años y formaron una banda que tocaba de todo, desde country and western a rock. No funcionó, pero los dos tomaron el dinero de un disco archivado y lo invirtieron en un loft y en el equipo más impresionante que pudieron encontrar.

A principios de 1973, Simmons llamó a un baterista que había puesto un aviso en la Rolling Stone donde decía que estaba dispuesto a todo. Ese era Peter Criss, y tocaron juntos varios meses como trío. Después de que cerca de sesenta guitarristas contestaran un aviso que pusieron en el Village Voice, quedaron lo suficientemente impresionados por la hosquedad y el virtuosismo de Ace Frehley como para contratarlo.

El corazón de la banda existió desde el principio: mucha teatralidad, música pesada y maquillaje pesado, aunque en esa época parecían más insectos que monstruos. El énfasis en la proyección de energía también fue inmediato: tocaban frente a una enorme pared de amplificadores que, si las luces hubieran estado mal colocadas, habrían revelado que no tenían parlantes dentro. Grabaron el logo de Kiss con los dos rayos como «s» en todos sus equipos, para que pareciera que eran una gran banda en gira.

Copiando las direcciones del Record World, enviaron a la prensa grabaciones e invitaciones -a todos los que estaban vagamente conectados con el negocio de la música- a sus conciertos, para los que alquilaban salas con plata de su bolsillo cuando no podían conseguir fechas. Bill Aucoin, entonces presidente de una productora independiente de televisión que hacía un programa de rock llamado Flipside, apareció en un show y les ofreció un contrato de grabación en dos semanas si aceptaban que fuera su manager. Eso hizo, con Casablanca, un sello que recién empezaba bajo la batuta de Neil Bogart, antiguo copresidente de Buddah.

Después de tres discos, varios tours agotadores y un hostigamiento continuo de los críticos, ellos y su sello debían varios cientos de miles de dólares y no tenían más fondos. Un tour entero de 1975 fue financiado por American Express. Entonces, Kiss Alive! Fue lanzado, obtuvo un disco de oro, luego uno de platino, luego uno de doble platino. Fue la primera y única vez que su sonido fue verdaderamente captado en un disco. Alive!, según mi opinión, debería estar considerado entre los discos en vivo clásicos del rock.

Casi quebrada por un catastrófico álbum doble con fragmentos de Tonight Show, Casablanca Records resucitó y los Kiss se volvieron ricos. Destroyer, su primer intento de escribir algo que fuera más allá de «las canciones sobre coger y chupar», como lo definió Stanley, también fue disco de platino.

También Rock and roll over, que fue un retorno al más puro heavy metal, porque el núcleo duro del Kiss Army (el fan club oficial de la banda) reaccionó negativamente a los violines de Destroyer (incluyendo Beth). Esos tres discos permanecen en el Top 40 del chart de discos de Record World.

En junio, un cómic de Marvel -con los Kiss como superhéroes- escrito por Steve Gerber, que también hace Howard the Duck para Marvel, será publicado. Y los miembros de la banda, por estos días, son casi universalmente amados por la prensa por su franqueza. Aucoin Management, que ha mantenido un firme control sobre la imagen de Kiss haciéndoles firmar a los fotógrafos contratos de confidencialidad, es menos amada. Aucoin mismo traza un paralelo entre su control sobre los artistas y lo que hacía el viejo Hollywood de los estudios, que él considera «un lugar donde las cosas eran hechas, más allá de sus errores».

«La clave para hacer una superestrella es mantener sus bocas cerradas», dice Bob Ezrin, productor de Destroyer. «Tienen que mantenerse aislados para evitar que sean manipulados por todas las fuerzas externas. Hubo una época en que a los Kiss no se les permitía hablar con nadie. Mostrar un artista al público puede implicar destruirlo. No va en contra de nadie decir la verdad. A largo plazo, el público importa más. Esa es la historia».

«¿Ya te mostré mi colección?», pregunta Gene Simmons en el dormitorio de su dúplex de Nueva York, tres semanas después de los recitales de Detroit. Me alcanza dos gruesos álbumes con tapas de cuero, que hojeo buscando algún rostro conocido. Unos cinco minutos después, una mujer sale del placard. No entiendo su nombre, pero me dice que interpretó a Daisy Mae en una producción de Li’l Abner hace cuatro años. El cuarto está decorado con pinturas y demás parafernalia de los fans. Una muestra a Simmons, con un hacha, regodeándose con una ciudad en llamas. Otra lo retrata como una gárgola. Hay bijouterie con tarántulas y viudas negras de plástico dispersas por la habitación. Me da unas cartas que saca de una bolsa de plástico llena de mensajes de los fans. Todos tienen dibujos de la banda. Los de Estados Unidos parecen incoherentes, con mala sintaxis y errores de ortografía.

«Me pregunto si estos chicos son idiotas», digo.
«No me molesta, responde Simmons. Al menos están haciendo algo».

Los fans japoneses, en general, parecen tener mejor dominio del inglés. «Mi querido Gene. Por favor comete todo mi amor. Quiero muchas experiencias mientras sea joven. Con amor, Shinobu I».

«Los Beatles llenaron el estadio principal de Tokio cuatro noches. Nosotros hicimos cinco», dice, poniendo un casete en su equipo de música. Mientras la música de Kiss suena de fondo, una chica japonesa llora. «Por favor, Gene Simmons, quiero escuchar tu voz. Se lo pido a Dios todos los días. Te espero todo el tiempo. Cuando vengas a Japón, por favor contestame. Por favor nunca me olvides… Por favor…»

Ambos nos quedamos mudos y nos miramos por encima de los quince cuadernos con recortes de prensa. El fuerte acento húngaro de la madre de Gene nos llama desde abajo para comer. «Siéntase como en su casa -dice ella-. Siéntese y coma yummy-yummy».

En la mesa, ella cuenta cómo Simmons imprimía sus propios fanzines de monstruos en el sótano y cómo obtuvo su primera guitarra. «No quiero tener el crédito -dice ella-. Le compré su primera guitarra por 65 dólares a un chico italiano. Ganaba 49 dólares por semana en esa época. El quería 75 pero lo bajé a 65 dólares. Más tarde, la vendimos por 135. Yo lo acompañé siempre. Sé quién está detrás del maquillaje. Al Jolson se ponía maquillaje. Está bien mientras él no fume o beba alcohol. Conozco a todas sus novias».

Bien, incluso cuando Jolson se maquillaba, él no tenía un alter ego, una distinción que los Kiss comparten sólo con Alice Cooper, que destruyó su imagen diabólica e insana jugando al golf con George Burns y Mike Douglas, mientras que los Kiss vomitan sangre y fuego. Pero, dada su abrumadora necesidad de adulación, ¿hay alguna diferencia real entre ellos?
«No sé -dice Simmons-. Nunca quise aparecer en (el programa) Hollywood Squares».

Cuando me levanto para irme, Simmons me lleva a un lado y dice: «No publiques nada que me perjudique. Esto es muy frágil y me gusta mucho». Intento asegurarle que, de todos modos, la mayoría de sus fans no sabe leer, pero él sigue preocupado. «No voy a dejar que los ridiculices, no lo voy a hacer».

En la puerta, se relaja. «Hicimos nuestra primera aparición en una historieta en el número de este mes de Howard the Duck», dice. «Es loco. Soy un superhéroe allí en el kiosco de diarios y estoy acá parado con mi bata. No se me ocurre nadie más, fuera de Kiss, al que le pase lo mismo».

~ por Mike en marzo 3, 2009.

Una respuesta to “Kiss en Rolling Stone”

  1. Leí el extenso reportaje en la página de la Rolling Stone. Me pareció excelente desde el punto de vista puramente técnico. En definitiva: está soberbiamente escrito.

    En el plano de las ideas, discrepo. Pero entiendo al periodista: en esos años Kiss era una banda muy despreciada e incomprendida, y la nota refleja esa bajada de línea.

    Roling Stone siempre fue una revista “seria”, de las que alababan a Led Zeppelin, así que jamás iba a apoyar a una banda que parecía todas las semanas en la revista “16”. El material es único y todos los fans de Kiss deberían leerlo.

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