Gilby Clarke en Córdoba

En mayo de 2000, el hombre que reemplazó al fenomenal Izzy Stradlin en Guns n’ Roses llegó a nuestro país para brindar una interesante serie de shows en La Trastienda.

Por esos años, Gilby había formado un verdadero dream team del hard rock que incluía al talentoso guitarrista Ryan Roxie. El lugar en la batería era ocupado por Eric Singer, que aprovechó su estadía en Buenos Aires para participar de la segunda Kiss Expo.

Clarke también se presentó en la ciudad de Córdoba y esta es la crónica publicada por La Voz del Interior el miércoles 31 de mayo de 2000. La reseña que hace el periodista Germán Arrascaeta es acertada pero en varios pasajes de la nota su candidez se vuelve exasperante.

* Gilby Clarke o la vitalidad del rock and roll *

En compañía del baterista Eric Singer y de otros dos instrumentistas, el ex Guns n’ Roses ofreció el lunes un impactante show de rock de garaje. Fue en el Teatro Comedia y asistieron casi 300 personas.

Da gusto ver en vivo a Gilby Clarke, porque hace rock del bueno y parece estar contento con lo que le tocó en suerte: ser músico y vivir de ello girando por el mundo.

Al menos es lo que se percibe en escena, donde el ex guitarrista de Guns n’ Roses (este no es un dato menor) se muestra feliz de poder tocar un par de rocks descarnados para gente que ama el género en su versión más cruda. El lunes, en el Teatro Comedia, había unos 300 oyentes de este tipo.

Había que verlo a Gilby Clarke. Pantalones ajustados, tatuajes por todos lados, estampa de hell angel. Mucho de pose rebelde, pero también una indisimulable cara de juguete, de alegría.

Clarke es la antítesis del joven duro de hoy, estereotipo hecho de aspecto gangsteril, ropa deportiva y piercings que adornan la cuidada barba candado de, casi siempre, un hombre conflictuado. Y en lo temático, Clarke es antitético.

A la angustia existencial de Jonathan Davis, de Korn, y al resentimiento misógino y homofóbico de Fred Durst, de Limp Bizkit, Clarke reacciona con un rock and roll típico de Los Angeles con letras sobre chicas, borracheras y alguna que otra paranoia por portación de estupefacientes.

En otras palabras, Gilby Clarke volvió para institucionalizar la trilogía Sexo, drogas y rock and roll, lema que caduca desde que Guns n’ Roses se autoexcluyó del mapa de la música pop a mediados de los 90 (de haber seguido Guns n’ Roses, ¿existirían hoy los Backstreet Boys?).

Aviva tu fuego

Clarke arribó a Córdoba el mismo lunes del show. Y traía mucho más que buenas guitarras Gibson y meros músicos de acompañamiento. Además de un guitarrista de rastas albinas (miembro de la banda de Alice Cooper) y un bajista parecido a Sid Vicious, trajo consigo al baterista Eric Singer, el último que tuvo Kiss antes de reunir a su formación original con Peter Criss. Este dato inquietó a los fans de los «carapintada» y afectó directamente a la lista de canciones: de Kiss se tocaron Nothin’ to lose y Rock and roll all nite.

Haciendo gala de una llamativa humildad, bien escaso en una estrella de rock, Singer acompañó a Gilby en la conferencia de prensa organizada al mediodía del lunes. Y dio algunas primicias en torno a Kiss. De lo dicho por él, se puede sacar en claro que la formación original no da para más y que él y el guitarrista Bruce Kulick volverían a la formación para seguir haciendo discos «en serio» y a cara descubierta.

Eric Singer, de unos cuarenta y pico de años, tenía el pelo corto y aspecto de ser el baterista de Duran Duran. Durante el show se lo vio contrariado por la afinación de su batería, pero fue solucionando los problemas por su cuenta y no apeló a ninguna mueca de divismo.

Gilby, por su parte, masculló algunas respuestas en torno a Guns n’ Roses, las que dejaron la certeza que con Axl Rose está «todo mal» y con el resto de sus ex compañeros «todo bien». Al «resto» pertenece el guitarrista Slash, a quien Clarke considera su amigo aunque hace un mes que no le habla, confesó.

Si bien Gilby tomó a Guns n’ Roses como una etapa superada en lo discursivo, durante el show se tocaron muchas canciones de la banda que supo, a comienzos de los 90, desbancar de los charts a Michael Jackson con su Appetite for destruction, disco clave en la historia del rock que recuperó furia, glamour y escándalo que el género había perdido entre tanto pop hedonista.

Entre esas canciones estuvieron la versión de Knockin’ on heaven’s door, de Bob Dylan, Used to lover her, del álbum Lies, y un impactante pasaje de My Michelle, de Appetite for destruction. Todas sonaron como vagones de un tren descontrolado, cuya carga destacaba temas de los discos de Gilby (Tijuana jail y Dead flowers) y alguna que otra versión de clásicos del rock, ideal para improvisar entre músicos amigos.

Ardía la llama del rock and roll, y se alimentaba entre la audiencia con algunos guiños de Gilby, quien dijo: «Recuerdo haberlos visto en el 94», año en el que visitó nuestra ciudad como telonero de Aerosmith. Y agregó: «Nos vemos dentro de cinco años». A la salida, todos confiaban en que Clarke cumpliría su promesa.

~ por Mike en octubre 4, 2008.

 
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