Un talk show metálico

•Febrero 2, 2010 • 2 comentarios

A partir de hoy, la cadena VH1 Latinoamérica incorpora a su programación el envío que rescata del olvido a algunas de las estrellas que hicieron historia durante los años setenta y ochenta, That Metal show.

De acuerdo con una información divulgada por el sitio Reporter, el programa hace foco en entrevistas exclusivas a leyendas del rock en un clima intimista donde los propios protagonistas relatan anécdotas famosas, revelan datos desconocidos y se abren a intensas discusiones sobre el arte de la música y la industria.

La audiencia presente en el estudio televisivo formula preguntas que muchas veces desatan debates totalmente impredecibles, elemento que de alguna manera emparenta al programa con productos como The Man show.

Conducido por los periodistas especializados Eddie Trunk, Jim Florentine y Don Jamieson, That Metal show debuta en la televisión argentina hoy a las once de la noche.

El semanario salió al aire por primera vez el 15 de noviembre de 2008 y hasta la fecha cuenta con 25 episodios distribuidos en tres temporadas de dos meses cada una.

Algunos de los invitados que pasaron por el programa durante la primera temporada son Lita Ford, Yngwie Malmsteen, Dee Snider, el gran Mike Portnoy, Alex Lifeson y Ace Frehley, guitarrista original de Kiss.

Estos son los episodios que veremos en Latinoamérica a partir del día de la fecha.

Para la segunda temporada, Eddie Trunk y sus colegas disfrutaron de la presencia de Vinnie Paul, Nuno Bettencourt, Duff McKagan y Ronnie James Dio, entre otros.

La tercera temporada concluyó el 28 de noviembre del año pasado y contó con las participaciones de Rob Halford, Blackie Lawless, Steve Vai, Stephen Pearcy, Warren DeMartini y Peter Criss, baterista original de Kiss.

Eddie Trunk es un presentador radial y televisivo extremadamente conectado con la escena rockera internacional y en las últimas dos décadas viene acumulando una considerable cantidad de poder mediático.

El comentarista nacido en Nueva Jersey en 1964 es un reconocido fanático de Kiss y el año pasado fue el centro de una menuda polémica desde el momento en que tomó partido por el lanzamiento de Anomaly en lugar de inclinarse por Sonic Boom.

Eddie se transformó en el catalizador de todo tipo de discusiones sobre la formación actual de Kiss e incluso denunció que el management de la banda lo dejó afuera de la campaña promocional de Sonic Boom.

Desde entonces, Eddie Trunk viene colaborando con su amigo Ace Frehley en todas las actividades relacionadas con la promoción de Anomaly.

De hecho, fue la persona que le sugirió a Ace que lanzara Outer Space como primer tema de difusión del disco en lugar de Fox on the run, el cover de Sweet.

El tercero de Bruce

•Enero 29, 2010 • 2 comentarios

No comprendo la obsesión que tenemos los seres humanos por los números redondos pero de todas maneras acepto que la cuestión tiene su encanto.

Este es el posteo número 100 de Kissteria pero no pienso escribir un laudatorio carente de sentido sobre mi propio sitio sino que voy a concentrarme en la siempre voluble actualidad.

Podría escribir una nota sobre la funesta participación de Kiss en la Bolsa de Comercio de Nueva York junto a los altos mandos de Dr. Pepper o tal vez comentar cómo los amigos de Gene Simmons en Wal Mart van a recortar 11,200 puestos de trabajo en los próximos días.

Pero en lugar de describir la lenta e inexorable destrucción del legado de Kiss a manos de sus líderes, prefiero depositar mis energías en el nuevo material de estudio de Bruce Kulick que se edita en el día de hoy en la Unión Europea a través de Frontiers Records.

En los Estados Unidos, el lanzamiento está previsto para el próximo martes 2 de febrero.

BK3 parece el nombre de una sabrosa promoción de Burger King pero es en realidad el título del disco que puede ubicar al guitarrista en los primeros planos de la escena rockera internacional.

Bruce se dio el gusto de convocar al estudio de grabación a una extensa lista de invitados que prestigian el lanzamiento pero que al mismo tiempo pueden convertirse en un canto de sirena para sus aspiraciones.

Un disco con tantos invitados es prácticamente imposible de reproducir en vivo.

Como sea, el hermano de Bob se encuentra en un buen momento de su carrera alternando presentaciones solistas con giras como miembro estable de los legendarios Grand Funk Railroad.

Como suele ocurrir en estos casos, el nuevo disco de Bruce Kulick será recibido con beneplácito por sus fans y será fuertemente ignorado por aquellos que no están interesados en su trabajo.

Fate abre el juego con una melodía poderosa escrita en colaboración con Kevin Churko, productor del nuevo disco de Ozzy Osbourne, que presenta una tarea más que aceptable de Bruce en las voces.

Ain’t gonna die cuenta con la participación estelar de Gene Simmons y se convierte en uno de los temas más interesantes de la placa, con claras reminiscencias al sonido de Carnival of souls.

No friend of mine es una canción oscura que evoca los lejanos tiempos de Union. Se trata de una composición demasiado convencional que despega gracias al aporte de John Corabi, uno de los mejores cantantes de la historia del rock.

Hand of the King es el primer corte de difusión del disco y marca el debut discográfico de Nick Simmons, en una interpretación correcta que recuerda a los temas más pesados de bandas de los noventa como Alice in Chains o Soundgarden.

I’ll survive es una canción de medio tiempo que sirve para bajar un tanto las revoluciones mientras Bruce recuesta su voz de manera bucólica sobre una base electroacústica ciertamente novedosa para sus estándares.

Dirty girl cambia radicalmente el estilo de los temas previos gracias a una melodía ochentosa a cargo de Doug Fieger, el cantante de The Knack, que transforma a la canción en una virtual secuela de My Sharona. Brillante.

Final mile suena como un prematuro reprise de I’ll survive, tanto desde el aspecto lírico como desde el musical al tiempo que demuestra que las lecciones de canto de Bruce no fueron en vano.

I’m the animal es otro de los momentos destacados del disco, una verdadera perla para los amantes del hard rock. Eric Singer y Tobias Sammet aportan su talento para una interpretación de alta factura.

El nombre del tema es prácticamente idéntico al track número 9 de Sonic Boom, dicho sea de paso.

And I know es una maravillosa creación pop con destino de FM que cuenta con un destacado trabajo de Bruce en las voces. Probablemente, el tema más personal del disco.

Between the lines es el único tema instrumental de la placa y presenta el aporte destacado de Steve Lukather. El legendario guitarrista de Toto se luce en una zapada brillante en la que también descolla Jimmy Haslip, bajista fantasma de Creatures of the night.

Life completa la trilogía acústica de BK3 con una melodía melancólica que cierra el disco con un sonido que paga tributo a los Beatles, uno de los mayores referentes dentro de la carrera de Kulick.

La edición europea incluye un bonus track. Se trata de Skydome, una pieza instrumental grabada originalmente para el disco Audiodog.

Bruce tiene en carpeta dos eventos destinados a promover el disco. El lunes 1 de febrero se presenta en vivo en el Cat Club de Los Angeles junto a invitados sorpresa. Nick Simmons ya aseguró su presencia en el show.

El sábado 6 de febrero, en tanto, se realizará una fiesta de lanzamiento en el Kiss Coffeehouse de Myrtle Beach con el clásico paquete VIP que incluye Meet and Greet con el guitarrista y otras bagatelas por el estilo.

Orgullo, pasión y gloria

•Enero 21, 2010 • 1 comentario

En cuestión de horas, Metallica estará subiendo al escenario montado en el estadio de River para ofrecer el primer concierto de su tercera visita a la Argentina.

La banda más grande de la historia del heavy metal llega a nuestro país para saldar viejas deudas y renovar su estatus de mito viviente del rock.

Hoy toca Metallica en Buenos Aires y nada más importa.

Para ir calentando motores, los dejo con un reportaje publicado por Fernando García en Clarín el miércoles 5 de mayo de 1993, un par de días antes del recordado debut de la banda en la Argentina.

* Retrato de un peso pesado *

[ «Uno debe ser un fan, un hincha, haga lo que haga. Si yo no hubiera tenido ese sentimiento cuando empecé no habría llegado a ningún lado. Definitivamente, una de las claves de nuestra permanencia está en que, antes de ser músicos, aprendimos a ser fans». El que habla es James Hetfield, un corpulento y pelilargo rubio con cara de pocos amigos que, para millones de adolescentes del mundo entero, representa la cara visible de una idolatría llamada Metallica.

Gran parte de los que tienen menos de treinta se pregunta qué habrá hecho esta banda con nombre de reminiscencias industriales para suscitar semejante fiebre. Ignoran las razones por las que, los próximos viernes y sábado, casi cien mil jóvenes acudirán a su llamado en un estadio de fútbol de la austral Buenos Aires. No saben, en todo caso, que su asombro es el mismo que, durante los últimos veinte meses, ha sembrado este nombre a su paso por distintas ciudades del planeta, desmantelando cálculos de marketing en plazas tan inexploradas como México, y mostrando que su marca no tiene nada que envidiarle a la que ha impuesto Guns n' Roses.

El fenómeno se pronuncia Metallica, y la enérgica acentuación que exige su nombre es más que una formalidad lingüística. Es la imagen acústica ideal para representar a este cuarteto oriundo de California que, rigurosamente vestido de negro, viene avanzando desde hace más de diez años como emblema de la tradición estética e ideológica de esa corriente del rock conocida como heavy metal. Metallica es hoy un imperio sónico sin fisuras, pero también el símbolo de una música dura que ha sabido imponerse sin traicionar sus fuentes.

Algunas de las claves de lo que representa este grupo están en su último álbum, titulado simplemente Metallica. Editado en septiembre de 1991, permaneció durante un mes al tope del ránking que elabora la revista especializada Billboard, un termómetro indiscutible de las tendencias del mercado discográfico norteamericano, y lleva ya vendidas siete millones de copias en todo el mundo. Tres premios Grammy y tapas en publicaciones tan prestigiosas como Rolling Stone dieron cuenta de un tal vez tardío pero no menos valioso reconocimiento por parte de los medios y el negocio del rock hacia la calidad artística del grupo.

Así como lo mejor de la música pop apuesta al éxito con melodías sencillas que descargan su poder de seducción en los estribillos, el heavy metal se apoya en la eficacia del riff, ese fraseo distorsionado de la guitarra cuya reiteración obsesiva debe empujar al oyente, adrenalina mediante, a un estado eufórico lindante con lo heroico. Esta fantasía eléctrica ha distinguido siempre a los exponentes más altos del género, aunque los mejores ejemplos de un riff de guitarra también pueden encontrarse en Satisfaction de los Rolling Stones o en Sunshine of your love de Eric Clapton. En ese sentido, varios pasajes del último disco de Metallica, el tema Enter Sandman a la cabeza, inscriben a la banda en la misma perspectiva histórica que han trazado nombres tan ilustres como los de Led Zeppelin, Deep Purple o Black Sabbath.

Buena parte del mérito de esas canciones, y de otras que completan los cinco álbumes grabados hasta el momento por Metallica, le corresponde a James Hetfield, compositor, guitarrista, cantante y, junto al baterista Lars Ulrich, mentor de la agrupación. Tras recorrer un itinerario que los viene llevando por Venezuela, Chile y el Brasil, y a poco de su aterrizaje en la Argentina, la voz áspera de Hetfield responde en exclusiva al llamado de Clarín: «Es cierto que con nuestro último álbum han aparecido un montón de nuevos fans de Metallica, y está bien que así sea. Pero yo sigo prefiriendo a los viejos seguidores, que se distinguen en cualquier concierto por su energía». El rudo muchacho no titubea cuando habla y parece ajeno a las tentaciones de la demagogia.

Es que con más años de carrera pero, hasta ahora, menos discos vendidos, Metallica se enfrenta, en términos musicales, a un único competidor por el cetro de los pesados: nada menos que Guns n' Roses. Con ellos, precisamente, compartieron una gira a mediados del año pasado. «Fue muy difícil, confiesa Hetfield, es una banda completamente diferente a la nuestra. Ellos construyen una especie de apartheid a su alrededor y para nosotros las cosas son más sencillas. No volvería a tocar junto a Guns n' Roses». Sabe de lo que habla. Tras más de diez años de experiencia, Metallica ha aprendido a cuidarse de los perfiles del escándalo. Desde 1981, cuando Hetfield y el citado Lars Ulrich, un danés que abandonó su promisoria carrera de tenista para dedicarse al heavy metal, decidieron formar el grupo, debieron afrontar la deserción de Dave Mustaine (quien pasó a liderar el grupo Megadeth y actualmente está internado en una clínica de desintoxicación) y la muerte del bajista Cliff Burton en un accidente automovilístico. Hoy, la otra mitad del cuarteto está integrada por el demoledor bajo de Jason Newsted y la fina guitarra de Kirk Hammett.

Heredero y agente renovador de la tradición heavy, Metallica no teme a la grandilocuencia cuando tiene que montar un show. El escenario que el grupo pasea en esta gira por el mundo insume un gasto semanal que promedia los 250 mil dólares, un equipo que no baja de 70 asistentes y hasta un jet privado para los cuatro músicos. En cualquier punto del planeta donde la banda se presenta, el ocasional espectador se enfrentará con una infernal batería pirotécnica y, si la suerte lo ha favorecido en un sorteo previo, podrá ser uno de los cien privilegiados que asistan al espectáculo desde el llamado «nido de víboras», un espacio situado en el mismísimo centro de la escena, a escasos centímetros de los músicos.

Paradójicamente, el papel decisivo que jugó Metallica en la década de los ochenta tuvo menos que ver con esa espectacularidad que con el rescate de la idiosincrasia callejera que caracteriza a los rockeros duros. Y Hetfield lo admite: «Fuimos los más agresivos cuando el heavy se estaba transformando en un cuento de hadas. Escribimos un guión más realista, y creo que se lo debemos al punk rock. Metallica habla de la vida normal, o de lo que es normal para nosotros». Una realidad que el costado conservador del músico no esquiva a la hora de opinar sobre los cien días de Bill Clinton como presidente de los Estados Unidos. «El ha cosechado votos de gente muy diversa y no sé hasta qué punto eso sea bueno, porque no se pueden satisfacer expectativas tan diferentes. Yo no lo voté, y no estoy de acuerdo con ciertas cosas que quiere llevar adelante».

La misma cautela parece gobernar la trayectoria de Metallica. En más de una década, la banda ha grabado apenas cinco discos, y Hetfield no cree que vayan a grabar otro hasta 1995. La gira que los trae a Buenos Aires culminará en julio. Entonces los espera el largo y merecido descanso que corresponde a cualquier vida normal. ]

El eslabón perdido

•Enero 15, 2010 • 1 comentario

Cuando en junio de 1994 se editó el disco tributo Kiss my Ass, los fans de la banda nos pusimos en contacto por primera vez con el nombre de Garth Brooks.

Brooks es un aparatoso cantante perteneciente al ámbito de la música country de los Estados Unidos que desde los primeros años de su carrera manifestó su devoción por la música de Kiss.

Su trabajo para Kiss my Ass consistió en ponerle la voz a Hard luck woman, una canción que Paul Stanley escribió en la década del setenta con la esperanza de que Rod Stewart la transformara en una virtual secuela de la exitosa Maggie May.

Finalmente, el antiguo cantante de los Faces no llegó a grabar la pieza pero Peter Criss la hizo suya en la recordada versión que formó parte del disco Rock and roll over.

Para su interpretación incluida en Kiss my Ass, Garth Brooks contó con la colaboración de Gene Simmons, Paul Stanley, Bruce Kulick y Eric Singer, en una movida que buscó llevar a cabo un crossover con la música country.

Incluso la banda se presentó junto al cantante en el programa The Tonight Show with Jay Leno para una bizarra pero encantadora versión en vivo de Hard luck woman. El clip puede verse en YouTube.

Los resultados finales de la sinergia fueron más que aceptables: Kiss my Ass se ubicó en el puesto 19 de Billboard mientras que el single Hard luck woman alcanzó la posición número 67 en las listas de música country.

Brooks pasó a la historia como uno de los artistas que logró unir dos mundos opuestos y aunque prefiero a Johnny Cash cantando Rusty cage de Soundgarden o a Willie Nelson tocando junto a los Supersuckers, la unión de Kiss con Garth siempre me resultó de lo más simpática.

Para recordar aquellas épocas en las que Garth Brooks se codeaba con Kiss, los dejo con una interesante crónica publicada por Javier Febré en Clarín el 26 de febrero de 1994, pocos meses antes de la salida del disco Kiss my Ass.

A través de la nota, Brooks aparece como un inofensivo iluminado con delirios místicos que estaba a punto de convertirse en millonario. El concepto de white trash en su máxima expresión.

* El vaquero que venció a Michael Jackson *

[ Es un curioso personaje que nació en Oklahoma, viste como «cowboy» y canta música country. Clarín siguió las alternativas de un concierto suyo en Chicago, ante más de 20 mil enfervorizados espectadores. En esta nota se explican las razones de este fenómeno cuyo álbum debut vendió ni más ni menos que... 40 millones de copias.

La gigantesca bandera de los Estados Unidos de Norteamérica cuelga del techo del estadio Rosemont Horizon a lo ancho de la cancha universitaria de básquet, como cobijando con su presencia a las 20 mil almas que matan la espera con una sincronizada e inocente ola mexicana y cantidades industriales de cerveza light. Media Chicago viste galas de cowboy -sombreros, botas, camperas con flecos- para vivir su cuarta noche sold out junto a Garth Brooks, un vaquero nacido en Tulsa, Oklahoma, que en los últimos años se ha tranformado en un fenómeno inusitado de ventas de discos y tickets, llevando la música country al primer plano y desplazando de los primeros puestos de los ránkings a artistas como Nirvana y Michael Jackson.

Las luces se apagan y una ovación ensordecedora recibe a Brooks, que aparece sobre el escenario montado junto a su banda sobre un montacargas. A cada lado del escenario, una procesión de mujeres de todas las edades, cada una con una rosa en la mano, lleva su ofrenda floral hasta el escenario, donde son recibidas pacientemente por el cantante con un recompensante beso que nunca olvidarán. Durante casi dos horas, cada una de sus intervenciones será recibida con estruendosa calidez.

Brooks ha logrado lo que a mediados de los ochenta no consiguieron artistas como Lyle Lovett y Steve Earle: pasar por encima de los dictados del llamado Nashville System, que hace y deshace en todo lo que tiene que ver con la música country. Intentando seguir los pasos de antecesores como Hank Williams y Willie Nelson, Lovett y Earle se opusieron al modelo Nashville de cantante suave que interpreta el trabajo de compositores profesionales, y fracasaron. Brooks no. Desde la edición de su álbum debut, Garth Brooks, en abril de 1989, el vaquero de Oklahoma lleva vendidas más de 40 millones de copias de sus seis álbumes, en los que ha combinado el acercamiento a los cantautores norteamericanos rebeldes de los setenta y su ajustado olfato para tocar temas cotidianos con sencillez.

«Me siento muy orgulloso de ser un artista country, dirá una hora después de cumplir su último compromiso en Chicago. Y queremos ser recordados como representantes de la música country. Cuando me relaciono con alguien de otro país, de la Argentina, o de cualquier lugar del mundo, espero que se dé cuenta que está frente a alguien que pone su corazón, lucha y cree en lo que hace. Y esta actitud no es norteamericana, ni argentina, sino universal. Lo único que espero es que la gente se dé cuenta de que soy un proyecto de Dios».

Dios y la familia son los principales argumentos con los que Brooks ha conseguido cruzar la barrera que circunscribía su género musical exclusivamente a la población rural norteamericana. Crecido musicalmente bajo la influencia de George Jones, James Taylor, Dan Fogelberg y Billy Joel, Brooks convoca a sus shows a un público heterogéneo, en cuanto a las edades y procedencias (rural, urbana), pero homogéneo en cuanto al color de su piel. Su audiencia, mal que le pese, responde rigurosamente al modelo WASP (blanco, anglosajón y protestante): «He visto gente de piel negra en algunos de mis shows, dirá Brooks a la defensiva. Espero que, con la ayuda de Dios, dentro de dos años sean cientos, y en cuatro años miles y, tal vez, cuando nos volvamos a encontrar, la mitad de la audiencia sea blanca y la otra mitad negra, como reza el sueño americano».

Promediando el show, Brooks no se cansa de recibir ovaciones. Llega el turno de Shameless, versión del tema de Billy Joel, que gracias al cowboy de Oklahoma ya integra el catálogo de hits de música country de la década del 90. El estadio vuelve a estallar: «Es una canción que amo y odio al mismo tiempo, explicará después del show con una sonrisa. Es una de mis favoritas. Pero a la vez me hace sentir que hubo otra persona que escribió justo lo que yo estaba sintiendo. En realidad, me alegra que Billy Joel lo haya hecho por mí».

La inclusión dentro de su repertorio de canciones populares en formato country no responde, según Brooks, a una estrategia para captar mercados: «Nunca escondí mis influencias, que exceden el marco de la música country. Siempre expresé mi admiración por grupos como Queen, Kiss o Journey, que poco tienen que ver con mi género. Durante muchos años, la música country cometió el pecado de encerrarse en sí misma, y eso generó muchos malentendidos. No pasó así con el rock and roll, que siempre fue más abierto», dirá frunciendo el ceño, para agregar luego: «De todos modos, estoy orgulloso del camino que emprendí hace unos años. Mi filosofía es que si uno tiene un mensaje para dar hay que expresarlo para la mayor cantidad de gente. Debo admitir que soy ciento por ciento norteamericano, pero me alegra saber que en mi trabajo se pueda vislumbrar una veta de universalidad. El solo hecho de ver a la gente bailando me conmueve, porque la danza es vida. Y aunque muchas veces nos quejemos de ella, es mucho mejor vivir que no».

Las palabras de Brooks quedan sonando en el aire frío de Chicago, cuando ya no queda nadie en el estadio y las luces de los clubes de blues negro comienzan a encenderse para dar vida a la otra mitad musical de la ciudad enclavada al borde del lago Michigan. A pesar de sus deseos, y aunque las espectaculares cifras parezcan acompañarlo, por el momento la realidad que rodea el mundo musical de Garth Brooks está muy lejos de cumplir con el tan mentado sueño americano. ]

La sangre brota

•Enero 7, 2010 • 6 comentarios

En el día de la fecha se estrena en las salas de nuestro país la más reciente producción cinematográfica de Rob Zombie, titulada Halloween II.

Desde mediados de los ochenta cuando interpretaba God of Thunder al frente de White Zombie hasta este presente como prolífico director de películas de terror, Rob se las viene arreglando para ofrecer productos tan sangrientos como controvertidos.

Rob Zombie, que el próximo 12 de enero cumple 45 años, es el responsable de uno de los mejores discos de la década del noventa, La Sexorcisto: Devil Music Volume One. Imprescindible.

Inspirado por Kiss y Alice Cooper, pero también por Screamin’ Jay Hawkins, Bela Lugosi y Boris Karloff, Rob Zombie es una esponja que absorbe todos los aspectos de la cultura pop que estimulan su ardorosa imaginación.

Algo así como Quentin Tarantino, salvando las distancias, por supuesto.

Pero mientras que el director de Reservoir Dogs ubica gran parte de sus obsesiones en el cine negro y la música surf, Rob Zombie no puede ocultar su amor por el más rugoso cine gore y el heavy metal.

Una pequeña muestra del acervo que acompaña la tarea de Rob Zombie como cineasta se encuentra en la primera parte de Halloween, estrenada en 2007.

En una escena que relata la tortuosa infancia de Michael Myers, el joven actor Daeg Faerch aparece con una remera de Kiss mientras de fondo se escucha Baby, I love your way de Peter Frampton.

Halloween II viene cosechando críticas dispares aunque parece que no es el mejor trabajo de Rob. Sin embargo, la presencia del gran Malcolm McDowell es un dato para tener en cuenta.

Por lo pronto, los dejo con la reseña que publica Diego Lerer en el suplemento Espectáculos de Clarín de hoy.

* La sangre brota *

[ Sólo basta entrar a los foros de fanáticos de la saga para notar su furia con ésta, la segunda parte de esta nueva vida de Halloween. No le perdonan a Rob Zombie, su director, no respetar ciertos códigos, historias de personajes y «mitología» de la saga, y han declarado que el producto es un desperdicio total. Y no lo es...

Para este crítico, que no es tan fiel a la saga más allá de la original de John Carpenter, las «libertades» no son un problema. Al contrario, refrescan una historia que parece repetirse hasta el hartazgo, con Michael Myers, el asesino enmascarado, destrozando criaturas sin poder ser liquidado.

En realidad, la premisa no ha cambiado mucho. Para quienes los nombres del Dr. Loomis o de Laurie Strode no signifiquen demasiado, no verán muchos cambios: ahora Myers asesina con mejor sonido, el gore ha suplantado del todo a la sugestión y el medio en el que se mueve es más «clase obrera» que en otras películas. Pero el mecanismo sigue siendo similar.

Lo que sucede es que Zombie agrega secuencias oníricas (no del todo logradas, con caballo blanco y todo), una más efectiva parodia sobre «el asesino como celebridad» (con Malcolm McDowell convirtiendo a Loomis en un payaso inaguantable que escribe un libro sobre su ex paciente) y un tono ramplón y «grasa» (bares nudistas, bandas de rockabilly, camioneros bigotudos y un aire ochentoso) que le agregan una cuota de entretenimiento que va casi en paralelo al recorrido de la máquina de matar.

Myers sigue al acecho de su hermana, los traumas de ambos se apilan junto a los cadáveres y da la impresión de que Zombie se tomó el asunto de manera relajada y se despreocupó por la coherencia.

Y más allá del grave error de no usar la célebre música creada por Carpenter, Rob ha hecho de Halloween una especie de berreta y cruenta payasada como para ver en un autocine, tomando cerveza y aullándole a la luna. Una película que le encantaría a Homero Simpson. ]